El sueño dorado de cualquier ser humano es tener éxito, bien porque le lleve al reconocimiento colectivo, se sienta poderoso o sume grandes dosis de ego exultante. El placer del éxito es embriagador porque mantiene en exquisita satisfacción a su pródigo.

Las personas que viven del éxito pueden llegar a convertirse en consumidores de triunfos a cualquier precio, incluso a la compra ilegal de alabanzas a través de la mediocridad o falta de ética.

Lo más grave de esta adicción surge cuando pasa el tiempo, ya no hay fama y sigue el adicto en búsqueda de halago.

Entonces, nos encontramos con una situación vergonzosa, porque la tecnología ha dado pasos agigantados, los vendedores de exitosos buscan a gente más sofisticada, más actualizada, más negociable…

Los que se quedaron atrás observando su espejo, tuvieron la amargura de ver su cuerpo cambiar, su talento caducarse, negar la obsolescencia e intentar manipular la nueva instrumentación en boga; y mientras leen el manual de uso, los demás ya están inventado otro artilugio.

Vivir del éxito pasado es triste y desolador porque estanca, detiene, aflige, embrutece, solapa y perturba. El nombre pasa a ser solo una forma de validez civil, huérfana del divino atributo de autógrafo. Y eso es muy duro.

Narciso ha envejecido y está en la negación. Quiere maquillarse, hacerse cirugías plásticas y no se cultiva, no se acepta, no investiga, se queda enamorado de su joven imagen exitosa.

El exitoso pasado busca desesperadamente que le vean de nuevo y le cuesta aceptar que todo ha cambiado.

El trabajo que busca el éxito está condenado al vencimiento, a lo efímero y al inclemente polvo que reposa en los trofeos.

¿Se puede ser exitoso sin llegar a la fama?

¿Qué elegirías: talento o notoriedad?

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