Es común escuchar de los burbupeutas oradores la comparación de los seres humanos con los animales. En eso era un experto Platón, quien a través de Sócrates dejaba a los demás sin argumentos.

Apenas el burbupeuta se encuentra con un conflicto, acude no solo a la comparación con animales, sino con plantas.

Recuerdo un día en que estaba haciendo un curso y una alumna no paraba de quejarse frente al director del instituto debido a las ausencias prolongadas del profesor. Yo no tenía afección alguna con el tema, pero era inevitable escucharla. La molestia había aumentado los decibelios de su voz. Recuerdo claramente lo que le dijo esta autoridad administrativa que intentaba justificar su gestión: “los árboles que se inclinan en la dirección del viento no se rompen”…

Para lo que estaba exigiendo la chica, no sé qué tenía que ver el árbol y el viento con su reclamo bien fundamentado, puesto que ella había pagado un curso donde no iba el profesor a darle clases. Enseguida noté que el director quería apaciguar la rabia y calmarla. Le dijo un par de fábulas más que no funcionaron.

En esa época, yo no tenía siquiera la sospecha de que me convertiría en burbupeuta, pero al perfilar este oficio me di cuenta de que muchos de los que nos dedicamos a vender mitos recurrimos a situaciones o contextos fuera de lugar.

Todos tenemos necesidad del mito porque nuestra mente es una máquina imparable de imaginación y gracias a ella somos capaces de tener fantasías. Es algo tan propio del ser humano que es imposible que no lo haga. A diferencia de los demás animales, somos la especie homo sapiens, capaces de creer en lo que no existe y darle sentido como si fuera real. Es por eso que no cabe la posibilidad de que se nos invite a imitar a los animales, porque estos últimos no gozan de la imaginación que tenemos nosotros.

El ser humano necesita del mito porque responde de manera natural a un recurso de supervivencia, superación y adaptación de la especie frente a conflictos, traumas o situaciones inesperadas. Al principio recurrimos a este para explicarnos el mundo, crear dioses y ánimas que dan vida a lo inanimado. La ciencia ya ha explicado parte del mundo, pero no sería humano renunciar al mito.

Ni la persona más racional podría vivir sin imaginar y creer en la fábula. Los pilares del mundo como la economía, la política y la religión se basan en mitos y en confianza ciega. Si no fuera por ello, el ser humano no hubiera podido medrar y reproducirse en el mundo de manera tan organizada y progresista, porque, aunque existan las leyes, sigue habiendo el factor espiritual  que nos delimita, nos hace escépticos y creyentes sin darnos cuenta.

¿Podrías vivir con la docilidad del caballo y la fidelidad del perro, aunque suponga irrespeto a tu persona?

Fuente: Noah, Y. (2014). Sapiens. De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad. Editorial Debate: Barcelona,España.

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