Todo aquello que responda a una idealización es un mito. La familia como elemento ideológico no está lejos de la fantasía. Puede que las personas que hayan gozado de amor, cuidado y apoyo desde siempre difieran de este tratado y es razonable en lo particular, pero muy absurdo en lo general.

Resulta que cada familia es un grupo de personas emparentadas entre sí por sangre o lazos legales. Hasta aquí es irrefutable. Ahora bien, de aquí a que la familia se le considere un grupo de personas con características y proyectos comunes, es un deber ser que todo ser humano insiste en creer como verdad cuando no le ha tocado vivirla. No obstante, sí podemos construirla cuando decidimos con quién convivir.

La fe ciega que tuvimos cuando éramos niños se debe a que cuando nacemos todavía estamos en proceso de desarrollo y necesitamos de nuestros padres o personas aptas para nuestro cuidado. Resulta que los nueve meses de gestación no fueron suficientes para nacer completamente autónomos.

De lo contrario, saldríamos del útero directamente al colegio, pero cuando el homo decidió ser erectus, la pelvis de la hembra cambió y, por evolución, nacimos más subdesarrollados. No es que Dios dijo “parirás con dolor” y condenó a las mujeres a sufrir, es que para ser bípedos teníamos que nacer antes.

En ese proceso de acogida al infante pueden suceder eventos terribles que marquen a la criaturita que no tiene la culpa de nada, puesto que su cerebro está susceptible al modelado. Sea como sea, al niño se le condena a honrar a sus padres, aunque no tenga ideas en común con ellos; porque mientras todo bebé espera ser amado, a pesar de la ausencia de amor, no hay nada que les una a sus progenitores salvo la consanguineidad.

Me parece de muy mala educación el que las personas pregunten por la familia, dando por sentado que todos hablamos con los padres, como si la comunicación fuera fácil cuando hay jerarquías; como si tuviéramos la obligación de saber todo acerca de nuestros hermanos, cuando cada quien responde a sus propios intereses.

Dar por hecho que el hijo quiere a su madre y la madre quiere a su hijo, cuando no hubo siquiera una respuesta natural de oxitocina en la tierna infancia. Todo porque el ideal de este grupito estriba en el amor incondicional y en que, pase lo que pase, pertenecemos a ese pequeño núcleo de personas.

Y no, no siempre existe ese amor sin condiciones impuesto por la cultura.

La familia es un juego de poder, donde sale en desventaja el hijo que ocupa la sumisión y obediencia, dejándolo indefenso frente a un mito general que dice que la familia ha de permanecer unida y compartir las ideas, intereses o características comunes, como base de una sociedad próspera y cooperante, a pesar de que los más desfavorecidos hayan sido encarcelados por la humillación desde su infancia.

Como esto es difícil de asimilar porque no queremos renunciar al mito, se recurre a variopintas justificaciones que acaban por concluir que los padres hicieron lo que mejor pudieron. Y esto es solo una fantasía que acaba en el leiv motiv de los buscadores de la felicidad que reclaman bienestar en su espinosa supervivencia.

¿Se puede justificar el maltrato infantil?

¿El maltrato es una forma de amar?

Fuente: Noah, Y. (2014). Sapiens. De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad. Editorial Debate: Barcelona.

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Esta entrada tiene 2 Comentarios

2
  1. Duele
    Esa es la palabra, duele la indefensión de la infancia, la desprotección.
    Y la hipocresia social de creer en un mito, falso.
    A la vez es desgarrador y ciertamente cruel, pero cierto y esa certeza cruda duele
    Ninguna criatura debería ser maltratada, ninguna
    Duele

  2. Hola, de nuevo por aquí…
    Definitivamente y sin matices, nunca es justificable el maltraro infantil ni es amor en absoluto. Y, lamentablemente, en una familia disfuncional y desestructurada, los hijos son las víctimas. Es tremendamente doloroso.

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