E.

El origen de la violencia consentida

Muchas veces se explica la violencia con los patrones aprendidos en la infancia. Aun así, sigue habiendo un nicho difícil de soslayar cuando algunas mujeres aceptan el maltrato como una forma de amar. Antes porque no había organismo de Estado que amparara a la mujer maltratada; ahora porque, a pesar de la protección y el acompañamiento moral, sigue habiendo mujeres que permiten dinámicas de violencia que terminan en las estadísticas de feminicidio.

¿Qué pasa con las personas que no han crecido en la violencia y aun así las aceptan en sus vidas? ¿Qué sucede por la mente de una mujer que, a pesar de las advertencias de sus amigos y familiares, asume el papel de ratoncita presumida que espera que el gato la ame y no se la coma?

¿Qué origina la violencia? ¿Acaso el ser humano lleva inherente en su condición el gen devastador para autoaniquilarse? He conocido mujeres exitosas, emprendedoras e independientes que les gusta vivir con el puño en la cara. Decenas de biografías nos presentan a mujeres de enorme talento que vivieron el maltrato como algo normal en sus vidas.

Históricamente es la mujer la condenada a la sumisión y respeto hacia el hombre y no he visto a ninguno indignado por este designio… Ahora bien, podríamos pensar que la publicidad juega un papel perpetuador y coadyuvante en tan escalofriante acto destructor. No obstante, la actitud religiosa que nos condena a situaciones karmáticas o evolutivas en lo espiritual es tan responsable como el que da el puñetazo.

Si seguimos creyendo que hay una misión que se nos escapa de la razón, que hay una predestinación indisoluble que nos apresa con sus explicaciones místicas difíciles de refutar… si vemos al maltratador como maestro, entonces tendremos un factor de origen en nuestras narices.

Ni somos Scherezadas ni existe el rey de Tartaria que se quiere casar con nosotras para amarnos hasta que la muerte nos separe. Tampoco necesitamos pasar mil y una noches en vela, esperando a no nos maten…

¿Qué crees que origina la tolerancia al maltrato?

¿Conoces alguna mujer que acepte la violencia? Cuéntanos tu reflexión.

E.

El contra

Todos los jóvenes que recién habíamos comenzado la carrera de artes soñábamos con ver cara a cara las pinturas tan bien descritas por los profesores. Soñábamos despiertos con visitar las ruinas romanas, los templos griegos, las pirámides egipcias, los cuadros de Miró, “La Guernica” de Picasso. Tantísimos estudios para aprendernos los capiteles dóricos, jónicos y corintios, el hiperrealismo pictórico, el expresionismo alemán, los contextos sociales para entender el arte en la historia…

Era difícil sostener la sobreestimulación de imágenes que rotaban al son de un carrusel infestado de diapositivas. El típico sonido del proyector se escuchaba desde un metro y medio de distancia cuando llegábamos tarde a la clase. Salíamos absortos de emoción. Comentábamos las técnicas, la luz, el cómo hicieron los artistas de aquella época, cuánto tardaron en realizar tan magníficas obras, cómo diablos se conseguía el color, el trazo, el conjunto…

Quise probar y me compré una libreta artesanal completamente hecha a mano. Mis intentos de dibujo y pintura se vieron tan mermados por las prisas que demandaban los ensayos, trabajos, exámenes y exposiciones en clase que enseguida abandoné el proyecto. No obstante, me fijé en la dirección de fábrica de la libreta y satisfice la curiosidad con una visita.

Llegué a un barrio caraqueño de altísima precariedad e inseguridad social, como la Francia de los miserables. Por un momento pensé en abandonar y devolverme, pero a medida que me adentraba al lugar, me sentía con ganas de ver dónde se hacían las libretas tan bien confeccionadas.

Al llegar a una casita de madera y techo de zinc, me recibió un hombre con cuerpo de niño. Tenía una atrofia muscular que lo hacía jorobado; apenas podía caminar, sus manos eran pequeñas y su cabeza estaba condenada a mirar hacia el suelo. Se subía en banquillos dispuestos por la casa para saludarme, darme la mano y tener, a duras penas, contacto visual conmigo.

Era una tarde cualquiera. El habilidoso hombre me explicó que trabajaba en el taller desde que era muy joven y que su proyecto le había permitido dar trabajo a otros chicos que querían rehabilitarse de las drogas o reinsertarse en la sociedad después de pasar por centros de menores. Me dijo que había estado en Italia porque el cura del barrio había hecho contactos en Roma.

Me describió la Capilla Sixtina, “La piedad” de Miguel Ángel, las ruinas romanas, las caminatas por los campos, los vinos, las comidas, las exquisitas pastas, los jardines de un claustro… que había ido a Francia y conoció el Museo de Louvre. Me dijo que la Gioconda era un cuadro más pequeño de lo que yo imaginaba, que se había agobiado de tantísima gente. Todo me lo explicaba a medida que engomaba una agenda y me mostraba su fabricación. Le pregunté el porqué no se había quedado en Italia con todos los ofrecimientos de hospitalidad y trabajo que tenía garantizados. “Porque no me gustó el invierno”, contestó.

Nunca había estado rodeada de tanto papel artesanal en mi vida, papel que mi anfitrión fabricaba desde hacía muchos años. Las mesas eran enormes como las que usan los dibujantes de arquitectura. Las estanterías eran altísimas y los colores eran de tintes naturales que él sacaba en su pequeño laboratorio.

De pronto alguien gritó: “¡Contra!”, y el hombre maniobró por todas sus improvisadas adaptaciones hasta llegar a la ventana y responder al llamado. Aproveché para despedirme, no sin antes preguntarle por qué le decían así. “Por mi enfermedad”, respondió, “porque nací contraído”.

¿Cuáles son tus limitaciones para autorrealizarte?

¿Crees que la intención es poder?

L.

La familia es un mito

Todo aquello que responda a una idealización es un mito. La familia como elemento ideológico no está lejos de la fantasía. Puede que las personas que hayan gozado de amor, cuidado y apoyo desde siempre difieran de este tratado y es razonable en lo particular, pero muy absurdo en lo general.

Resulta que cada familia es un grupo de personas emparentadas entre sí por sangre o lazos legales. Hasta aquí es irrefutable. Ahora bien, de aquí a que la familia se le considere un grupo de personas con características y proyectos comunes, es un deber ser que todo ser humano insiste en creer como verdad cuando no le ha tocado vivirla. No obstante, sí podemos construirla cuando decidimos con quién convivir.

La fe ciega que tuvimos cuando éramos niños se debe a que cuando nacemos todavía estamos en proceso de desarrollo y necesitamos de nuestros padres o personas aptas para nuestro cuidado. Resulta que los nueve meses de gestación no fueron suficientes para nacer completamente autónomos.

De lo contrario, saldríamos del útero directamente al colegio, pero cuando el homo decidió ser erectus, la pelvis de la hembra cambió y, por evolución, nacimos más subdesarrollados. No es que Dios dijo “parirás con dolor” y condenó a las mujeres a sufrir, es que para ser bípedos teníamos que nacer antes.

En ese proceso de acogida al infante pueden suceder eventos terribles que marquen a la criaturita que no tiene la culpa de nada, puesto que su cerebro está susceptible al modelado. Sea como sea, al niño se le condena a honrar a sus padres, aunque no tenga ideas en común con ellos; porque mientras todo bebé espera ser amado, a pesar de la ausencia de amor, no hay nada que les una a sus progenitores salvo la consanguineidad.

Me parece de muy mala educación el que las personas pregunten por la familia, dando por sentado que todos hablamos con los padres, como si la comunicación fuera fácil cuando hay jerarquías; como si tuviéramos la obligación de saber todo acerca de nuestros hermanos, cuando cada quien responde a sus propios intereses.

Dar por hecho que el hijo quiere a su madre y la madre quiere a su hijo, cuando no hubo siquiera una respuesta natural de oxitocina en la tierna infancia. Todo porque el ideal de este grupito estriba en el amor incondicional y en que, pase lo que pase, pertenecemos a ese pequeño núcleo de personas.

Y no, no siempre existe ese amor sin condiciones impuesto por la cultura.

La familia es un juego de poder, donde sale en desventaja el hijo que ocupa la sumisión y obediencia, dejándolo indefenso frente a un mito general que dice que la familia ha de permanecer unida y compartir las ideas, intereses o características comunes, como base de una sociedad próspera y cooperante, a pesar de que los más desfavorecidos hayan sido encarcelados por la humillación desde su infancia.

Como esto es difícil de asimilar porque no queremos renunciar al mito, se recurre a variopintas justificaciones que acaban por concluir que los padres hicieron lo que mejor pudieron. Y esto es solo una fantasía que acaba en el leiv motiv de los buscadores de la felicidad que reclaman bienestar en su espinosa supervivencia.

¿Se puede justificar el maltrato infantil?

¿El maltrato es una forma de amar?

Fuente: Noah, Y. (2014). Sapiens. De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad. Editorial Debate: Barcelona.

S.

Soy antipositivista

Si ser positivista es negar la realidad que me rodea para vivir la fantasía que solo ocurre en mi mente… Si es imaginar las reacciones que pudieran ocasionar mis actos solo porque así lo deduce mi ilusión… ¡Me niego a serlo! Prefiero ser antipositivista.

Muchas veces por supervivencia recurrimos a la creación imaginaria de un mundo feliz para lidiar con la dureza del día a día. Soñar en una posibilidad más cómoda nos permite el descanso y la compensación que nuestro cerebro necesita para no estar en constante guardia.

Algunas biografías demuestran una infancia hostil con una prolífera creatividad adulta.Tal es el caso de la artista plástica Elsa Morales, el filósofo Friedrich Nietzsche, el cuentista Horacio Quiroga, el pintor Armando Reverón, entre otros.

El positivismo, en su grosera insistencia de autocontrol, nos pone más en peligro que a salvo cuando tenemos que anularnos nosotros mismos para responder a un diseño inhumano. Si sabemos que en el “Callejón de la Puñalada” se alojan los maleantes del barrio para robar, ¿por qué creemos que nuestro pensamiento por sí solo va a salvarnos de una realidad social?

Pero no confundamos los términos. No es lo mismo ser antipositivo que ser negativo, porque negar el mito del pensamiento positivo no tiene porqué condenarnos al extremo contrario. Podemos vivir sin la negación y estar atentos a lo que nos sucede sin más adornos.

Pensar que todo es malo e inapropiado es seguir en el mito. No todo puede ser absolutamente catastrófico. Recurrimos a este tipo de pensamiento porque nos salva de la decepción. Gracias a nuestra mente prodigiosa nos salvamos del mal rato y nos acomodamos en el derrotismo. Sin soportar los matices…

Esto se debe, en gran parte, a la exigencia de los grupos sociales en sus distintas ramas (laboral, familiar, público o privado), que nos exigen la postura“correcta”, la mejor sonrisa, predisposición, proactividad y esmero, llevando nuestras reacciones naturales a un autocontrol que agota.

En mi caso habría muchos ejemplos que dar, pero comparto las ganas que siempre he tenido de pintar, juzgándome como mal dibujante; porque se dice que representar con el trazo una figura es hacerlo de la manera más fiel a la imagen, aunque el arte abstracto diga lo contrario.

¿Eres positivista, negativo o antipositivista?

¿Te ha funcionado el pensamiento positivo?

H.

Hicieron lo que mejor pudieron

Es la típica frase que nos dicen cuando intentamos hablar de nuestra malherida infancia; y, nos la dicen tanto que muchos acabamos repitiéndola para otros, hasta perpetuar la cadena de dolor sin la más mínima empatía al niño maltratado que fuimos.

La familia pasa a ser un mito porque su estructura y funcionalidad, su amor y protección son una realidad que solo pasa en nuestra mente para sobrevivir.

Pero llega el día que nos hacemos adultos y nos damos cuenta de que existen opciones, que siempre las hay y que, con planificación, organización y miras al Otro, no hace falta escarmientos inútiles ni palabras hirientes para tratarnos.También sucede lo más curioso de todo: que siempre vemos a los padres desvalidos porque vivieron una infancia peor que la nuestra o porque nos criaron en contextos difíciles que no les permitieron hacerlo de otra manera.

Para explicar esto, caemos en contradicciones disparatadas como, por ejemplo, ver a los padres más grandes que nosotros y al mismo tiempo ser nosotros quienes sepamos más que ellos a la hora de establecer una relación medianamente armoniosa.

¿Porqué debemos estar más predispuestos a las mejores opciones? ¿Por qué tenemos que ser más sabios, más diligentes, más inclinados a amar en la aberrante dinámica de una familia inoperante?

La institucionalidad de este pequeño núcleo hace que, como hijos, “molestemos” en lo más mínimo a sus líderes mientras menosprecian nuestra dignidad. El viejo recurso de ignorar los eventos más dolorosos porque “en aquella época” los maltratos fueron la educación que nos llevó a ser lo que somos y nos encontramos ahora en el punto de ayudarles a vivir su vejez porque se lo debemos, porque gracias a ellos tuvimos educación, techo y comida.

¿Acaso no tenemos derecho a sentirnos irrespetados? Nuestro pensamiento reflexivo quedó relegado a la supervivencia y puede que el mito sea una tabla de salvación difícil de soltar, incluso cuando ya no la necesitamos.

Ahora bien, ellos hicieron lo que mejor pudieron cuando: nos pegaron con cinturones hasta hacernos sangrar, vivimos simulacros de suicidio del padre que nunca se tiró por la ventana, nos rociaron de gasolina porque a nuestros siete años manchamos de plastilina la alfombra, nos hablaron con rabia casi siempre, escuchamos gritos todas las noches, nos vieron temblar como gelatinas y siguieron adelante con su actitud, pasamos toda la infancia escondidos en los armarios, durmiendo en escaleras, en casa de los vecinos… cuando nos echaron de casa sin cumplir la mayoría de edad, nos rompieron los dientes con un buen golpe, nos mantuvieron hacinados en la habitación sin permiso a salir, nos aterrorizaron con su presencia en el colegio, partieron sillas en nuestras espaldas y nos exigieron el mejor comportamiento frente a los demás…

Si esto fue lo que mejor pudieron hacer por nosotros,

¿Qué es lo peor?

E.

El hospital del futuro

Las flores de Bach son un refinamiento del misticismo de la homeopatía, un descarado y funcional efecto placebo para algunos pacientes.

Es fácil desmontar las flores de Bach como industria que se basa en la mitología y la experiencia íntima religiosa de un hombre que dijo que sus treinta y ocho flores curaban cualquier enfermedad.

Comencemos por su contexto personal. Bach nació en Inglaterra en el siglo XIX, país de religión protestante, cristiana y católica ortodoxa. Su maestro inspirador y partícipe directo de sus investigaciones era Dios. Para el descubrimiento de sus esencias, utilizó únicamente su intuición. Llegó a la conclusión de que las flores que estaban más expuestas al sol y a aguas de ríos o pozos tenían una vibración más alta que las flores que crecían en la sombra o en las cuevas.

Como buen hijo de país protestante, decía que la causante de nuestras enfermedades era la mente en desarmonía con el alma. ¡Uy, calvinista! Para él, la enfermedad no tenía ninguna importancia porque somos semidioses que no nos enteramos de nada. ¡Uy, elegido! Decía que la fe, la perseverancia, la voluntad y el agua pura de manantial lo curaban todo. ¡Uy, burbupeuta!

Pero lo más interesante y casi apocalíptico de sus alocuciones fue la disertación sobre el hospital del futuro que hizo en 1931, frente a médicos seguidores de Hahnemann, el creador de la homeopatía.

Argumentó que no era necesario estudiar medicina para ser sanadores, porque solo había que estudiar la emoción de los pacientes, independientemente de la enfermedad que padecieran.

Este hospital del futuro debía ser un santuario de paz, bienestar y alegría, con lo cual es fácil deducir el pensamiento positivo y el alejamiento del resto del mundo ignorante. ¡Uy, burbuja!

También dijo que no hacía falta análisis de sangre ni observación orgánica del paciente, con solo mantenerlo aislado en la burbuja era suficiente para aprender la lección que causó su enfermedad. Usó de ejemplo la artritis como síntoma de la rigidez mental.

Nada de patología, anatomía, etiología y diagnóstico; el médico del mañana solo necesitará su intuición para curar. Estudiará la divinidad dentro de las personas y se encargará de elevar las vibraciones a través de las flores.

Bach no estaba de acuerdo con Hahnemann en cuanto a que lo similar cura lo similar, él decía que el odio se cura con amor, la humillación con perdón, y una cachetada con la otra mejilla para ejercer la compasión… ¡Uy, uy, uy!

¿Te tratarías una enfermedad en el hospital del futuro?

¿Quisiste enfermarte alguna vez?

Fuente:Barnard, J. (2008). Obras completas del doctor Edward Bach. Editorial Océano, S. L: Barcelona.

S.

Ser injusto sin parecerlo

En los Libros I y II de la República, Sócrates se enzarza en discusiones con varios interlocutores, entre ellos Trasímaco, Glaucón y Adimanto. ¿Qué es la injusticia?, pregunta el filósofo que no para de alardear de su ignorancia.

El tema se pone más interesante con Glaucón y Adimanto, quienes dicen que la injusticia es la suerte más dichosa si se le concilia con una buena reputación. Esto quiere decir que se puede ser injusto y parecer lo contrario.

Sócrates se espanta y se siente incómodo cuando los hermanos prosiguen su alocución y dejan claro que la injusticia puede ejercerse si la apariencia es de bien:

¿Para qué esforzarse en ser justos si ya hay maestros que se encargarán de enseñar el arte de la seducción con sectas y hermandades para así producir los discursos más artificiosos ante la justicia?

Que se entienda bien, discursos artificiosos son palabras no sentidas, sino estructuradas y organizadas para un fin. Por si fuera poco, Adimanto insiste que la injusticia siempre será perdonada por los dioses, porque a ellos se les hará ofrendas y sacrificios para ser perdonados en vida y después de la muerte, ya que, con estos rituales, lo injusto pasaría a ser un crimen con apariencia de virtud.

Tanto Glaucón como Adimanto insisten en que se puede ser injusto sin parecerlo porque dicha apariencia es suficiente para ser perdonado sin temor a represalias. No obstante, Sócrates como buen orador, defiende la postura del Estado en filtrar los contenidos de los mitos y forjar una poética que enseñe al pueblo a creer en ciertas fábulas que enaltezcan seres mitológicos de bien.

Así, tanto ciudadanos, como esclavos, mujeres y niños obedecerán con apremio lo indicado por los poetas que sirven a sus gobernantes.

El Estado justo sería aquel cuyas personas respondan a un destino ya fijado por los dioses o la naturaleza, quedando la mayoría encargada de servir a unos  pocos que representan la sabiduría del alma.

¿Qué ejemplos darías para ser injusto sin parecerlo?

¿Conoces a un injusto que parece ser bueno?

Fuente:  Platón. (2011). La República o el Estado. Editorial Espasa: Barcelona, España.

E.

El calvinista

Juan Calvino fue un teólogo francés y uno de los fundadores de la iglesia protestante. Su desacuerdo con la iglesia católica se basó en la consideración de los sacramentos como rituales innecesarios para amar a Dios. Para ello, creó sus propias “ordenanzas eclesiásticas” y atribuyó valor al trabajo para no pensar.

Para los calvinistas, la mente era la enemiga que se debía combatir con el trabajo forzado para no tener ningún pensamiento o deseo pecaminoso. El miedo a estar predestinado al infierno, y no a la vida eterna en el reino de los cielos, hizo que los calvinistas trabajaran sin parar con una autoexigencia incalculable, con tal de que fueran bien vistos tanto por Calvino como por Dios. Si el trabajo daba frutos económicos, tampoco debían gozarlos, puesto que el descanso y el disfrute les estaban prohibidos.

El ocio, el hacer una siesta, el estar sin hacer nada… eran pecados que se pagaban con los más crueles castigos porque, para Calvino, la fe debía ser una obediencia absoluta, una entrega al hacer sin pensar, una negación del placer y la reflexión.

Ya han pasado más de cinco siglos de sentirnos culpables de no hacer nada productivo y aun así conservamos nuestro espíritu calvinista cuando somos inflexibles y dominantes, tenemos muchas tareas pendientes y nos culpabilizamos si decidimos descansar un poco… porque el pecado no es tanto la gula sino darse el gusto de comer un dulce…

Un deportista de élite es un calvinista que entrena con una disciplina férrea porque sabe que, si no lo hace, su contrincante se prepara y gana la competencia. Un calvinista no soporta sentirse improductivo, no se distrae ni contempla porque sería una pérdida de tiempo. Son los que se torturan con dietas y se autoflagelan en el gimnasio.

Un calvinista que escoge el oficio de escribir es pecador si un día no escribe una línea en su texto. Solo viven para trabajar y exigen lo mismo de sus compañeros. Y no hay nada peor que un jefe calvinista…

Un perfeccionista que busca el error en todo lo que hace y lo que hacen los demás, es un atormentado calvinista que huye del pecado y por eso se autoimpone culpas que deberán sanearse con trabajo y más trabajo.

El calvinista puede vivir perfectamente en el agotamiento y seguir adelante con su empresa de autoexigencia y tenacidad hasta agotar a los demás y nunca estar satisfecho.

Es el típico ser que aspira en grande, es exitoso y no descansa hasta lograr sus objetivos, unos tras otros. Es el entregado a su oficio, a su carrera, a su labor; el que no se permite el entretenimiento de una buena charla o un café, a menos que suponga un beneficio.

Y tú, ¿te consideras calvinista?

B.

Burbupeuta a sueldo

Dícese del burbupeuta que se ha atrevido a pinchar la pompita y descubre su fragilidad. Cuando pasa el tiempo, se da cuenta de la ceguera en la que estuvo e incitó a otros a tener. Normalmente sale de este encantamiento después de un trauma o simplemente del cansancio que produce quedarse sin aire de tanto soplar pomperos.

Diversas son las razones que no lo dejan salirse de la Burbuja, a pesar de no ser dura ni estable.

Puede llegar a capturar fuertemente a buscadores de bienestar, puesto que la dominación que ejerce sobre la psicología de las personas no necesita recintos cerrados. Son expertos en secuestrar a puertas abiertas y aparentar respeto al libre pensamiento.

En la Burbuja, el bienestar y el amor es la apariencia difícil de desmentir cuando obnubilan a sus visitantes con pompitas de arte y espectáculo. Los burbupeutas entregados hacen su trabajo, pero los que están a sueldo han descubierto de qué estaba hecho el pompero y el jabón utilizado. De pronto, caen en cuenta de las contradicciones y el poder económico de las autoridades que regentan los recintos iridiscentes.

Se dan cuenta de, por ejemplo, que las personas no son seres tan espirituales como los números que suman dentro de su caja registradora; que las autoridades no son tan iluminadas como su licencia al chantaje, coerción y manipulación; que no son superiores a los demás ni han visto nada extraordinario, solo han leído y hecho cursillos que repiten las mismas enseñanzas de otros famosillos burbupeutas.

Cuando reconocen el mito como espejismo caducable, soplan por el sustento mientras buscan la salida de la fantasía. Ese es el burbupeuta a sueldo.

¿Conoces algún burbupeuta a sueldo?

¿Qué técnicas utiliza para salirse con la suya?

L.

La burbuja

Es el habitáculo perfecto para ser injusto sin parecerlo. No solo corresponde al recinto laboral de los burbupeutas, también puede ser cualquier espacio público o privado donde transitan decenas de personas en busca de algo.

En la Burbuja todo es posible porque los soñadores, ilusos, inocentes, títeres y demonios se reúnen al festín de técnicas del nuevo pensamiento para atraer la realidad a través de la mente. El procedimiento es más sencillo de lo que imaginamos, pero aun así se necesita inversión de tiempo y dinero para aprender a respirar, pensar y hablar.

En este espacio, al resto de la humanidad se le considera ignorante de los advenimientos que se avecinan; por eso se intentan hacer cambios de percepción de manera absurda, forzada, sutil y encantadora. El lugar es transparente, no oculta nada porque los que allí trabajan están para vender pompitas de una verdad aplastante pero inalcanzable.

La Burbuja es el espacio donde la imaginación no solo es permitida, sino necesaria para vivir en la fantasía de una realidad paralela al hecho. Ocurre en el Consulado de Venezuela, por ejemplo, donde todo es posible: se puede viajar con prórroga en pasaporte sin ningún problema, se puede entrar al país con salvoconducto, se puede salir del país con permiso del Estado. Esto lo repiten una y otra vez los burbufuncionarios que atienden al público descontento de tanta ineptitud de su Estado.

Espacios públicos que nos quieren hacer ver que todo está bien y que lo demás son rumores. Reciben a la gente con sonrisas y con coletillas de “feliz día” y “feliz viaje”, cuando la realidad nos carcome toda la paz y estabilidad como venezolanos.

Pero si, hay problemas cuando las prórrogas nunca llegan, los salvoconductos normalizan una situación injusta y los permisos no son concedidos. Las burbujas que hacen ver el mundo de otra manera mantienen ciegos a sus seguidores, le suspenden el juicio poco a poco y les conducen a cambios de pensamientos muy lejos de la verdad, del sentir natural y, sobre todo, de la reflexión y la crítica.

Es el espacio perfecto para la mentira veraz, el despotismo dulce, la pseudociencia, el proxenetismo sagrado, la sanación que mata, la humillación que honra, las noticias que engañan, las palabras bonitas que destruyen, la utopía de un mundo mejor que nos arrastra…

¿Has estado en una Burbuja?