P.

Prosopagnosia

Antes que todo, desmenucemos el significado de esta palabra por partes. La agnosia es, en medicina, la dificultad de percepción, mientras que en la religión es el entendimiento humano relativo y no absoluto sobre la existencia de Dios, de allí la palabra agnóstico. Prosopo viene del griego prósopon, que significa ‘cara’. Dicho todo esto, la prosopagnosia es la dificultad de reconocer los rostros.

Es un trastorno cerebral donde el sujeto goza de una perfecta visión y puede reconocer los ojos como ojos, la nariz, la barbilla y la boca como tales, pero no saber reconocer a la persona. Por si fuera poco, no puede reconocerse a sí mismo frente al espejo. Con lo cual, la persona puede ver, pero su ceguera reposa en la falta de reconocimiento.

No obstante, quien padece esta enfermedad puede ayudarse con el reconocimiento de la voz, olor corporal, perfume o gestos de su interlocutor. Todo señala que el reconocimiento de rostros es una función especial y específica de ciertas neuronas, que es un trastorno genético y lo padece el 2,5% de la población mundial.

Me pregunto… qué pasa con las personas inolvidables, no tanto por su aspecto sino por el conjunto que les acompaña; porque hay olores corporales únicos, tonos de voces inigualables, gestos muy personales. Dichosa la autenticidad personal que no podrá pasar desapercibida siquiera por las cegueras faciales…

Tengo más preguntas que hacerle a la prosopagnosia: ¿puede enamorarse?, ¿puede estar solo?, ¿tiene amigos?, ¿es feliz? ¿Se preguntará lo mismo de los que sí reconocemos los rostros?

¿Qué le preguntarías tú?

¿Conoces a alguien con prosopagnosia?

Fuente:Pickren, W. (2015). El libro de la psicología. Editorial Librero: Madrid.

L.

Los petroglifos

Son las piedras grabadas cuya data se remonta posiblemente a la Era paleolítica; la más antigua en la historia de la humanidad y de la que aún conservamos sus huellas.

La impresionante expresividad de los trazos de estas figuras solo ha conducido, tanto a antropólogos como arqueólogos, a un sinfín de especulaciones que van desde el homenaje a los dioses hasta códigos de comunicación con visitantes de otras tierras.

La pregunta que siempre queda sin contestar es cómo, cuándo y para quiénes construyeron estas figuras en relieve, con formas geométricas, frontalidad y planismo. Si fueron los homo habilis o los primeros sapiens, si eran estrategias de territorialidad o un mensaje específico, y por qué están en lo alto de las montañas o en el fondo de los ríos, cuya visibilidad depende de la sequía.

Si observamos con detenimiento los petroglifos, sugieren un placer estético y los primeros trazos expresionistas del ser humano. Con nuestras referencias actuales es muy fácil caer en deducciones de gran imaginación y resolución fantástica, es difícil la tarea de intentar pensar como aquellos que decidieron dejar sus huellas hace miles de años atrás.

Y es una lástima que ningún gobierno haya dirigido parte de su legislación a la investigación de tan potentes obras arqueológicas.

Además de todo el interés mostrado en pirámides y templos famosos, existen otras rutas de estudio no menos interesantes que sufren el abandono y el desdén. En toda Suramérica hay petroglifos. Lo más impresionante es la semejanza que hay entre los que están en Puerto Rico con los de Chile, que a su vez conectan con los de Colombia y vuelven a aparecer en Venezuela. ¿Cómo se explica que de una punta a otra aparezcan estos monumentos grabados tan similares?

Los petroglifos encierran una gran incógnita para la humanidad, que no tienen más que el homenaje y facsímil para mantenerlos vivos y presentes en el tiempo; aunque sean probablemente los primeros balbuceos del lenguaje, los testimonios de una Era remota que comenzó a pensar y rendir culto a sus muertos o los contenidos de altísimo potencial significante para viajeros que ejercían su derecho a migrar sin prejuicios raciales.

¿Crees que los petroglifos eran mensajes?

¿Se debería investigar su simbología?

¿Te inspiran una historia? Cuéntanos…

E.

Espacio vital

Es entendido como el perímetro personal de un metro a la redonda del espacio que ocupamos. Ese pequeño vacío que necesitamos para desenvolver nuestros gestos, articular cómodamente nuestros movimientos, respirar y estar libres respecto al Otro.

Paralelamente, el espacio vital fue un término nazi conocido como “lebensraum”, utilizado por el geógrafo alemán Friedrich Ratzel, que a su vez estuvo influido por el biologismo y naturalismo. Según este hombre, la existencia de un Estado quedaba garantizada cuando dispusiera del espacio suficiente para atender sus necesidades. Cuando Hitler se enteró del lebensraum, no tardó en querer expandir el Tercer Reich para su Estado en crecimiento.

Kurt Lewin fue un psicólogo que también utilizó la expresión para sus estudios pioneros en la psicología social. Él decía que para evaluar había que estudiar el espacio vital de una persona, y tomó prestado de la física para crear su teoría de campo o teoría de motivación, enriqueciendo así la Gestalt. No es casual que Lewin fuera judío en esta historia.

Aclarados los puntos, tomo mi derecho a la libertad de expresión para manifestar ciertos desagravios que atentan con el espacio vital de cualquier persona en lo que a mí respecta.

La invasión también suele incurrir en ruidos: cuando una persona sube los decibelios de su voz; cuando el vecino tiene un perro desatendido todo el día y no para de ladrar; cuando el recogedor de basura hace su trabajo con saña y no le importa crear todas las vibraciones ondulatorias que despierten el oído a las tres de la madrugada; quien irrumpe la quietud con una tos incesante a pesar de los caramelos.

Y si de invasión física hablamos, están las incívicas en el transporte público cuando el que se sienta a nuestro lado abre las piernas dejando a nuestra merced toda la incomodidad; el que sobrepasa los 40 cm de radio y nos habla como si estuviera a punto de besarnos; el que abraza o se recuesta sobre nosotros como si tuviéramos la obligación de auxiliar sus gesticulaciones invasivas; el que te toca porque es tocón (debería haber una norma de no tocar al otro como punto diplomático).

El espacio vital o peripersonal de los niños es tan valioso como el del adulto, puesto que si para este último le resulta difícil poner límites por las circunstancias sociales, imaginemos a los más chicos que quieren decir “no quiero” y no se les toma en cuenta su voz por tener la condición biológica de ser los más pequeños… Besar, abrazar, invadir el espacio peripersonal de un infante que rechaza tal actitud, podría ser vista con naturalidad y respeto, puesto que desde pequeños conoceríamos nuestros límites y sabríamos quién nos quiere tocar por afecto y no con segundas intenciones.

¿Se  puede evitar la normalización de la violencia?

¿Crees que lo que siente o piensa un niño debería tomarse en cuenta?

¿Has tenido que aceptar un afecto sin quererlo?

E.

El esfuerzo de escribir

El cine nos ha vendido la idea romántica de este oficio frente a una ventana que da al mar, una cabaña en medio de la montaña, una casa rodante en medio de un paraje hermoso… casi siempre nos venden escritores y no escritoras, quienes hacen su trabajo en condiciones idílicas y fáciles. De hecho, hay quienes piensan que escribir es lo más cómodo del mundo por el hecho de estar frente a una máquina dándole a unas teclas fluidamente mientras crece un libro.

La verdad está muy lejos de esta idea, puesto que escribir es un trabajo tedioso, abrumador, exigente y difícil, sobre todo cuando nos enfrentamos a nuestra mente llena de ideas y un papel en blanco (ni hablar cuando hay fechas topes de entrega). Cualquiera puede decir que quiere ser escritor, pero del dicho al hecho puede haber un gran trecho…

Desde pequeña supe que quería ser escritora, pero no tenía nada que decir, así que en pequeñas libretas transcribía textos que me interesaban: cuentos, poesías o artículos de periódicos. Lo cierto era que yo tenía que hacerlo, aunque tuviera que pedir las palabras prestadas. Al poco tiempo me di cuenta de que para escribir, debía leer, puesto que las ideas no vienen solamente de una inspiración, sino también del trabajo, la curiosidad, la investigación y, sobre todo, de la observación.

Para ser escritora, se hace necesario la disciplina y no desfallecer en los primeros intentos, porque si los procesos son difíciles, los son aún más los inicios. Hay que equivocarse, sacar todos los lugares comunes, las reiteraciones, enfrentarse a nuestras inseguridades y continuar con el trabajo hasta lograrlo. Escribir es un trabajo íntimo: estamos solitos frente a un papel que nos espera y no hay nadie que pueda ayudarnos.

Es también reescribir una y otra vez porque la corrección va inherente al oficio. Da igual si la playa está cerca o si hay un concierto de música gregoriana; la entrega es absoluta y queremos aislarnos lo mejor posible para escuchar únicamente lo que pensamos. Se sufre mucho porque lograr transmitir con palabras escritas todo el universo de ideas que pasan por nuestra mente puede quitarnos el sueño, el apetito y las ganas de sociabilizar.

Yo he llegado a escribir en lugares espantosos, con mesas pequeñas, sillas incómodas, vistas condenadas a la pared del vecino, con poca luz, con ferias en la calle o camiones de basura recogiendo escombros mientras mis yemas atinan generosamente contra las letras, generando las palabras que me expresan o no…

Escribir es gozar de tenacidad, perseverancia, superación de miedos; aprender a convivir con los conflictos, postergar lo necesario sin abandonar por completo. Es tener la humildad de buscar ayuda y pedir consejo, asesoría, lectura crítica, contrastación de ideas y aceptación de mucha faena invisible cuando dedicamos tiempo a pensar.

No hay nada más tortuoso que el camino de la escritura, pero más espantoso se hace el no intentarlo.

Te sugiero visites el  descargable  Guía para la aprendiz de escritora

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E.

Escéptica sí, nihilista a veces

escéptica sí, nihilista a veces

El escéptico, según el diccionario de sinónimos, es el incrédulo, el indiferente y el desconfiado; mientras que en el DRAE es la desconfianza sobre la verdad o la doctrina filosófica que niega la posibilidad de la mente de descubrir la verdad.

Curiosamente, el sinónimo de nihilismo es escepticismo, y su significado es la condición de no hacer nada en lo general, la negación de valores superiores en la filosofía y el no reconocimiento de ninguna autoridad social en lo político.

Cuando ejercí de burbupeuta, renegué de todo sentido terrenal, dándole fuerza a eventos no comprobados e inexistentes. Invertí fe ciega en mundos superiores para evadir el mundo material. No me di cuenta de ello hasta que leí la religión nihilista de Nietzche.

Para pasar al escepticismo tuve muchas reflexiones, y he aquí la piedra angular de la salida del engaño. La actitud de duda hacia lo que se me juraba como verdad suprema hizo que me planteara la veracidad de lo aparentemente cierto.

El escepticismo es una actitud científica que se basa en el pensamiento crítico para verificar y contrastar con pruebas la existencia de algo. Pero antes de ser escéptica, dejé de creer en todo y me fui a la nada. Renuncié entonces al mundo inexistente que solo constaba en mi mente y trasladé mi atención al mundo de facto. No obstante, al estudiar la carga mitológica que erige los principales motores de nuestra sociedad (economía, política y religión), me volví una escéptica con necesarias pinceladas nihilistas en mi espacio reflexivo.

Creo que es compatible el escepticismo con el nihilismo para buscar explicaciones. No son garantes de felicidad ni satisfacción, pero prefiero albergar parte de estas dos condiciones en mi pensamiento, junto con la posibilidad de ensueño y fantasía de la que también fui dotada como ser humano.

No es ilegal soñar, lo que debería ser penado es la violencia que encierra un mito para someternos como esclavos a una irrealidad absoluta sin derecho a réplica.

¿Eres de pensamiento escéptico?

¿Aunque seas de mente científica, crees en el “más allá”? 

¿En qué has dejado de creer?

L.

Las palabras no son energía

Gracias a la psicología pop, acuñamos como energía todo lo que nos produce una emoción. La energía es el proceso mediante el cual se produce una reacción o movimiento; sin embargo, es usada en el lenguaje metafórico como sinónimo de ímpetu, voluntad, vigor y ánimo.

Cuando alguien dice que las palabras son energía, es porque se refiere a lo que ellas pueden producir en una persona; es decir, en la emoción que puede suscitar en su receptor, dándole un toque pseudocientífico con los efectos cuánticos que puedan producir a los átomos y moléculas que constituyen nuestra materia.

La palabra está viva porque los pensamientos que la producen son cambiantes y adaptativos a las épocas, porque la especie humana está en constante estímulo a través de nuevas referencias.

El ser humano tiene la capacidad de leer más allá de las palabras y estas son capaces de sostener cualquier tipo de intención. Cuántas veces nos hablan adecuadamente y aun así nos ocasiona dolor, o cuántas veces nos hablan bonito dejándonos indefensos para demostrar que aquello encierra una violencia sutil.

Podemos juzgar dos hermanos en situación de complicidad y unión que se hablan con toda clase de improperios y una pareja desunida que se habla de manera diplomática. Si las palabras por sí solas fueran energía, ya estaríamos muertos.

Tanto el lenguaje oral como escrito puede ser un arma de doble filo que siembra motivación o bajeza, el tema radica en la intencionalidad con que se pronuncien o escriban esas palabras, y esto no es fácil de demostrar hasta que haya pasado el tiempo suficiente de reflexión para darnos cuenta de que nos violentan o construyen, nos menosprecian o edifican, nos difaman o enaltecen.

Somos capaces de leer más allá de lo explícito porque nuestra oralidad se construye también de gestos, símbolos, tonos de voz, de quién lo dice y en qué momento pronuncia sus palabras. Por eso nos cuesta reaccionar rápidamente frente a una situación de violencia sutil, porque necesitamos tiempo de análisis: “le hubiera dicho esto”, por qué no le contesté aquello” y nos quedamos en lo que pudimos decir y no dijimos… ¿a que da rabia?

Como aclaré en un principio, la energía es aquello capaz de producir una reacción o movimiento en el mundo físico y, aunque las emociones sean biológicas y se estimulen con palabras, la interpretación es un mundo rico de representaciones que muchas veces se nos escapan de las manos racionalistas.

Es por eso que muchos asiduos al pensamiento burbupéutico insisten en cuidar lo que decimos como si la palabra por sí sola se materializara, porque el universo espera que digamos lo que quiere oír y esto no es solo improcedente, sino banal, falso y sin fundamento alguno. La emoción es una reacción natural del ser humano que insistimos en privatizar para vender un diseño del decir, aunque nos alejemos del pensamiento genuino.

¿Eres hábil para contestar rápida y asertivamente?

¿Filtras tus palabras antes de decirlas?

¿Te han humillado sin poder demostrarlo?

L.

Las emociones y los átomos

Muchos burbupeutas insisten a sus clientes en cuidar los pensamientos que, además de materializarse, influyen en las emociones. Aseguran que estas últimas son átomos, de la misma forma que Demócrito, un antiguo filósofo del siglo 460 A.C., especuló su existencia dando por sentado que la alegría era un atributo de la materia.

Un siglo después, también A.C., otro filósofo llamado Epicuro consideró la existencia del átomo como imaginación, sueños, sentimientos; con lo cual instó a sus seguidores a sentirse dichosos en el tormento porque el pensamiento podía crear el placer y el gozo por encima de la materia.

Resulta que el átomo necesitó muchas horas de observación de reacciones en laboratorio muy lejos del romanticismo especulativo de los antiguos griegos. Gracias al francés Antoine- Laurent Lavoisier, que estudió la ley de la conservación de la materia y dijo que el agua, además de hidrógeno, estaba compuesta por oxígeno, el principal responsable de la combustión y la vida.

Luego John Dalton disolvió gases en líquido, pesó reactivos y productos de reacciones químicas, para afirmar que las sustancias estaban compuestas de átomos esféricos idénticos para cada elemento pero diferentes de un elemento a otro.

Y lo más brillante del siglo XIX, con el siberiano Dmitri Ivánovich Mendeléiev, que clasificó los elementos químicos según su masa atómica, dejando la primera tabla periódica como imprescindible referencia en la química. Personas que invirtieron toda su vida en la observación y experimentación, hasta llegar a descubrimientos fundamentales como el protón, el electrón y la energía cuántica.

Gracias al trabajo científico, el átomo contiene un número atómico, un símbolo del elemento, un nombre, punto de fusión, punto de ebullición, peso atómico, electronegatividad, número de oxidación, densidad de sólido, líquido y gaseoso.

Entonces, si las emociones son átomos, dónde están los cálculos que la comprueban, con qué símbolo está representado en la tabla periódica y, de estarlo, qué moléculas forman para transformar la materia. Dónde está el reactor nuclear que ahora mismo está bajo la observación de científicos cualificados para afirmar que la emoción tiene un átomo cuyo punto de ebullición es tal o cual.

No es que a la ciencia no le convenga que se sepa, es que simplemente no existen más que especulaciones demócritas que fundan epicúreos fantasiosos en ecoaldeas autosostenibles en el capitalismo. Porque es lindo ser diferente y juntarse con otros que sueñan igual.

¿Crees que eres el único responsable de tus emociones?

¿Eres libre de reaccionar frente a los acontecimientos externos?

Fuente:Lozano, M. (2007). Los hilos de Ariadna. Diez descubrimientos que cambiaron la visión del mundo. Editorial Debate:Barcelona.

L.

La otredad

Es el Otro alguien diferente a nosotros pero que constituye al mismo tiempo la construcción de ser uno mismo gracias a la contrastación. El Otro como un ser que ocupa un espacio, un tiempo, una historia, una biografía, un mundo aparte.

Nosotros y ellos, diferencias y posiciones en un gran tablero de jerarquías y estratos sociales formados desde los primeros pasos de la revolución cognitiva, desde que comenzamos a pensar y ser conscientes de nuestra existencia con respecto a los demás.

La otredad es un tema de distintas variantes y de la que creemos no sentirnos afectados cuando son ellos los que sobreviven de las guerras y somos nosotros los que vivimos un empleo precario, mientras Otros ganan grandes divisas a costa de nuestra integridad y esfuerzo.

Somos ellos, nosotros y Otros los que ocupamos niveles y lugares insospechadamente preestablecidos por pocos que nunca podremos ver en su masa amorfa y anónima.

Al Otro ignorado en las más simples acciones humanas de la cotidianeidad, quisiera rendir una pequeña dedicatoria:

  • Pensar en el Otro y darle cabida a la otredad en las aceras públicas y no atravesarse para que los demás podamos pasar.
  • La otredad en la conducción de un vehículo, en una cola, en el paso peatonal. Todos coexistimos.
  • La otredad en el ejercicio político y en la legislación de un Estado que crea las leyes en beneficio de la mayoría.
  • En el que hace la compra en un supermercado con una larga lista hecha frente al Otro que espera detrás con un enser en la mano; el gesto de darle prioridad es tener presente la otredad.
  • Al funcionario público que goza de un cargo fijo y estable, que tenga consciencia de la otredad en beneficio de aquel que busca su servicio.
  • En lo que nos hace humanos, porque ejercemos una posición política en el mundo con diferencias de opinión, porque somos capaces de vivir con el diferente y sacar provecho de la contradicción.
  • La otredad como requisito indispensable para una armoniosa coexistencia sin los egoísmos implícitos de una supuesta espiritualidad que nos diseña onfaloscópicos y vulnerables.
  • Que el Otro piense en nosotros y devolverle la consideración con una acción cívica que lo tome en cuenta.

Al final, ser conscientes de la otredad es entender que no podemos vivir a nuestras anchas sin necesitar del Otro para ser nosotros mismos.

¿Y tú, qué le dirías al Otro?

L.

La necesidad del mito

Es común escuchar de los burbupeutas oradores la comparación de los seres humanos con los animales. En eso era un experto Platón, quien a través de Sócrates dejaba a los demás sin argumentos.

Apenas el burbupeuta se encuentra con un conflicto, acude no solo a la comparación con animales, sino con plantas.

Recuerdo un día en que estaba haciendo un curso y una alumna no paraba de quejarse frente al director del instituto debido a las ausencias prolongadas del profesor. Yo no tenía afección alguna con el tema, pero era inevitable escucharla. La molestia había aumentado los decibelios de su voz. Recuerdo claramente lo que le dijo esta autoridad administrativa que intentaba justificar su gestión: “los árboles que se inclinan en la dirección del viento no se rompen”…

Para lo que estaba exigiendo la chica, no sé qué tenía que ver el árbol y el viento con su reclamo bien fundamentado, puesto que ella había pagado un curso donde no iba el profesor a darle clases. Enseguida noté que el director quería apaciguar la rabia y calmarla. Le dijo un par de fábulas más que no funcionaron.

En esa época, yo no tenía siquiera la sospecha de que me convertiría en burbupeuta, pero al perfilar este oficio me di cuenta de que muchos de los que nos dedicamos a vender mitos recurrimos a situaciones o contextos fuera de lugar.

Todos tenemos necesidad del mito porque nuestra mente es una máquina imparable de imaginación y gracias a ella somos capaces de tener fantasías. Es algo tan propio del ser humano que es imposible que no lo haga. A diferencia de los demás animales, somos la especie homo sapiens, capaces de creer en lo que no existe y darle sentido como si fuera real. Es por eso que no cabe la posibilidad de que se nos invite a imitar a los animales, porque estos últimos no gozan de la imaginación que tenemos nosotros.

El ser humano necesita del mito porque responde de manera natural a un recurso de supervivencia, superación y adaptación de la especie frente a conflictos, traumas o situaciones inesperadas. Al principio recurrimos a este para explicarnos el mundo, crear dioses y ánimas que dan vida a lo inanimado. La ciencia ya ha explicado parte del mundo, pero no sería humano renunciar al mito.

Ni la persona más racional podría vivir sin imaginar y creer en la fábula. Los pilares del mundo como la economía, la política y la religión se basan en mitos y en confianza ciega. Si no fuera por ello, el ser humano no hubiera podido medrar y reproducirse en el mundo de manera tan organizada y progresista, porque, aunque existan las leyes, sigue habiendo el factor espiritual  que nos delimita, nos hace escépticos y creyentes sin darnos cuenta.

¿Podrías vivir con la docilidad del caballo y la fidelidad del perro, aunque suponga irrespeto a tu persona?

Fuente: Noah, Y. (2014). Sapiens. De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad. Editorial Debate: Barcelona,España.

L.

La homosexualidad machista

En la mayoría de los países de Latinoamérica, la homosexualidad entre hombres no es que sea bien vista pero sí medianamente aceptada. De hecho, era una moda tener un amigo gay y ser acompañada por este en las compras de ropa íntima.

Incluso en la clase media alta, ser gay da un plus en la categoría snob del adinerado, mientras que el pobre simplemente es una marica de pueblo, vicioso y pervertido al que le gusta la fiesta. Entonces, ser gay en Latinoamérica está aceptado a medias cuando responde a una clase social específica, a un círculo de personas con ciertos oficios. No es lo mismo un obrero marica que un escritor gay…

Lo más curioso del asunto es que muchos gais discriminan a las lesbianas (ya podemos imaginar el resto de la sociedad). Ser lesbiana da asco y nadie quiere tener una amiga homosexual. Las mujeres están condenadas a vivir en privado cualquier romance con otras mujeres y están asociadas directamente a la pobreza y la mala educación, por eso no son siquiera aceptadas por la clase media o alta.

Un hombre evidentemente afeminado es gracioso y aceptado en círculos sociales, mientras que una mujer marimacho es excluida y discriminada por su condición sexual. También están las mujeres que no necesitan masculinizarse para llamar la atención de las hembras y, aun así, a falta de evidencias, apenas se les conocen sus preferencias, ninguna mujer heterosexual quiere acercarse a ella. Pero, ¿qué les da miedo?, ¿que las asocien con el lesbianismo?, ¿ser seducidas por otra mujer?, ¿vivir plenamente un encuentro sexual con su mismo género?, ¿ser excluidas de su núcleo familiar?… ¿qué?

Socialmente a la mujer siempre le toca la peor parte: si sufre infidelidad, perdona; si es infiel, es puta; si su machito se acostó con otro, es secreto; si ella se va con otra, es puta y depravada.

En Latinoamérica es normal que el gay desprecie a la lesbiana porque responde a la cultura machista que deja a la mujer confinada al desprecio y la discriminación. Aunque haya países como Argentina, Colombia, Chile y Uruguay que aprueben leyes civiles para la unión homosexual, la actitud social sigue siendo incongruente con la legislación de derechos. Por un lado los gais luchan por su aceptación y por otro desprecian a las mujeres homosexuales.

En Venezuela, por ejemplo, ser lesbiana es motivo de discriminación, burla y descrédito a pesar de que muchos venezolanos sean adeptos a la mente holistica, el buen rollo, la felicidad, el poder de atracción, burbupias, burbujas y burbupeutas.

¿Tu país ha sido condicionante para tu orientación sexual?

¿Crees en las incongruencias legislativas y la cultura?