L.

La otredad

Es el Otro alguien diferente a nosotros pero que constituye al mismo tiempo la construcción de ser uno mismo gracias a la contrastación. El Otro como un ser que ocupa un espacio, un tiempo, una historia, una biografía, un mundo aparte.

Nosotros y ellos, diferencias y posiciones en un gran tablero de jerarquías y estratos sociales formados desde los primeros pasos de la revolución cognitiva, desde que comenzamos a pensar y ser conscientes de nuestra existencia con respecto a los demás.

La otredad es un tema de distintas variantes y de la que creemos no sentirnos afectados cuando son ellos los que sobreviven de las guerras y somos nosotros los que vivimos un empleo precario, mientras Otros ganan grandes divisas a costa de nuestra integridad y esfuerzo.

Somos ellos, nosotros y Otros los que ocupamos niveles y lugares insospechadamente preestablecidos por pocos que nunca podremos ver en su masa amorfa y anónima.

Al Otro ignorado en las más simples acciones humanas de la cotidianeidad, quisiera rendir una pequeña dedicatoria:

  • Pensar en el Otro y darle cabida a la otredad en las aceras públicas y no atravesarse para que los demás podamos pasar.
  • La otredad en la conducción de un vehículo, en una cola, en el paso peatonal. Todos coexistimos.
  • La otredad en el ejercicio político y en la legislación de un Estado que crea las leyes en beneficio de la mayoría.
  • En el que hace la compra en un supermercado con una larga lista hecha frente al Otro que espera detrás con un enser en la mano; el gesto de darle prioridad es tener presente la otredad.
  • Al funcionario público que goza de un cargo fijo y estable, que tenga consciencia de la otredad en beneficio de aquel que busca su servicio.
  • En lo que nos hace humanos, porque ejercemos una posición política en el mundo con diferencias de opinión, porque somos capaces de vivir con el diferente y sacar provecho de la contradicción.
  • La otredad como requisito indispensable para una armoniosa coexistencia sin los egoísmos implícitos de una supuesta espiritualidad que nos diseña onfaloscópicos y vulnerables.
  • Que el Otro piense en nosotros y devolverle la consideración con una acción cívica que lo tome en cuenta.

Al final, ser conscientes de la otredad es entender que no podemos vivir a nuestras anchas sin necesitar del Otro para ser nosotros mismos.

¿Y tú, qué le dirías al Otro?

L.

La necesidad del mito

Es común escuchar de los burbupeutas oradores la comparación de los seres humanos con los animales. En eso era un experto Platón, quien a través de Sócrates dejaba a los demás sin argumentos.

Apenas el burbupeuta se encuentra con un conflicto, acude no solo a la comparación con animales, sino con plantas.

Recuerdo un día en que estaba haciendo un curso y una alumna no paraba de quejarse frente al director del instituto debido a las ausencias prolongadas del profesor. Yo no tenía afección alguna con el tema, pero era inevitable escucharla. La molestia había aumentado los decibelios de su voz. Recuerdo claramente lo que le dijo esta autoridad administrativa que intentaba justificar su gestión: “los árboles que se inclinan en la dirección del viento no se rompen”…

Para lo que estaba exigiendo la chica, no sé qué tenía que ver el árbol y el viento con su reclamo bien fundamentado, puesto que ella había pagado un curso donde no iba el profesor a darle clases. Enseguida noté que el director quería apaciguar la rabia y calmarla. Le dijo un par de fábulas más que no funcionaron.

En esa época, yo no tenía siquiera la sospecha de que me convertiría en burbupeuta, pero al perfilar este oficio me di cuenta de que muchos de los que nos dedicamos a vender mitos recurrimos a situaciones o contextos fuera de lugar.

Todos tenemos necesidad del mito porque nuestra mente es una máquina imparable de imaginación y gracias a ella somos capaces de tener fantasías. Es algo tan propio del ser humano que es imposible que no lo haga. A diferencia de los demás animales, somos la especie homo sapiens, capaces de creer en lo que no existe y darle sentido como si fuera real. Es por eso que no cabe la posibilidad de que se nos invite a imitar a los animales, porque estos últimos no gozan de la imaginación que tenemos nosotros.

El ser humano necesita del mito porque responde de manera natural a un recurso de supervivencia, superación y adaptación de la especie frente a conflictos, traumas o situaciones inesperadas. Al principio recurrimos a este para explicarnos el mundo, crear dioses y ánimas que dan vida a lo inanimado. La ciencia ya ha explicado parte del mundo, pero no sería humano renunciar al mito.

Ni la persona más racional podría vivir sin imaginar y creer en la fábula. Los pilares del mundo como la economía, la política y la religión se basan en mitos y en confianza ciega. Si no fuera por ello, el ser humano no hubiera podido medrar y reproducirse en el mundo de manera tan organizada y progresista, porque, aunque existan las leyes, sigue habiendo el factor espiritual  que nos delimita, nos hace escépticos y creyentes sin darnos cuenta.

¿Podrías vivir con la docilidad del caballo y la fidelidad del perro, aunque suponga irrespeto a tu persona?

Fuente: Noah, Y. (2014). Sapiens. De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad. Editorial Debate: Barcelona,España.

L.

La homosexualidad machista

En la mayoría de los países de Latinoamérica, la homosexualidad entre hombres no es que sea bien vista pero sí medianamente aceptada. De hecho, era una moda tener un amigo gay y ser acompañada por este en las compras de ropa íntima.

Incluso en la clase media alta, ser gay da un plus en la categoría snob del adinerado, mientras que el pobre simplemente es una marica de pueblo, vicioso y pervertido al que le gusta la fiesta. Entonces, ser gay en Latinoamérica está aceptado a medias cuando responde a una clase social específica, a un círculo de personas con ciertos oficios. No es lo mismo un obrero marica que un escritor gay…

Lo más curioso del asunto es que muchos gais discriminan a las lesbianas (ya podemos imaginar el resto de la sociedad). Ser lesbiana da asco y nadie quiere tener una amiga homosexual. Las mujeres están condenadas a vivir en privado cualquier romance con otras mujeres y están asociadas directamente a la pobreza y la mala educación, por eso no son siquiera aceptadas por la clase media o alta.

Un hombre evidentemente afeminado es gracioso y aceptado en círculos sociales, mientras que una mujer marimacho es excluida y discriminada por su condición sexual. También están las mujeres que no necesitan masculinizarse para llamar la atención de las hembras y, aun así, a falta de evidencias, apenas se les conocen sus preferencias, ninguna mujer heterosexual quiere acercarse a ella. Pero, ¿qué les da miedo?, ¿que las asocien con el lesbianismo?, ¿ser seducidas por otra mujer?, ¿vivir plenamente un encuentro sexual con su mismo género?, ¿ser excluidas de su núcleo familiar?… ¿qué?

Socialmente a la mujer siempre le toca la peor parte: si sufre infidelidad, perdona; si es infiel, es puta; si su machito se acostó con otro, es secreto; si ella se va con otra, es puta y depravada.

En Latinoamérica es normal que el gay desprecie a la lesbiana porque responde a la cultura machista que deja a la mujer confinada al desprecio y la discriminación. Aunque haya países como Argentina, Colombia, Chile y Uruguay que aprueben leyes civiles para la unión homosexual, la actitud social sigue siendo incongruente con la legislación de derechos. Por un lado los gais luchan por su aceptación y por otro desprecian a las mujeres homosexuales.

En Venezuela, por ejemplo, ser lesbiana es motivo de discriminación, burla y descrédito a pesar de que muchos venezolanos sean adeptos a la mente holistica, el buen rollo, la felicidad, el poder de atracción, burbupias, burbujas y burbupeutas.

¿Tu país ha sido condicionante para tu orientación sexual?

¿Crees en las incongruencias legislativas y la cultura?

E.

El origen de la violencia consentida

Muchas veces se explica la violencia con los patrones aprendidos en la infancia. Aun así, sigue habiendo un nicho difícil de soslayar cuando algunas mujeres aceptan el maltrato como una forma de amar. Antes porque no había organismo de Estado que amparara a la mujer maltratada; ahora porque, a pesar de la protección y el acompañamiento moral, sigue habiendo mujeres que permiten dinámicas de violencia que terminan en las estadísticas de feminicidio.

¿Qué pasa con las personas que no han crecido en la violencia y aun así las aceptan en sus vidas? ¿Qué sucede por la mente de una mujer que, a pesar de las advertencias de sus amigos y familiares, asume el papel de ratoncita presumida que espera que el gato la ame y no se la coma?

¿Qué origina la violencia? ¿Acaso el ser humano lleva inherente en su condición el gen devastador para autoaniquilarse? He conocido mujeres exitosas, emprendedoras e independientes que les gusta vivir con el puño en la cara. Decenas de biografías nos presentan a mujeres de enorme talento que vivieron el maltrato como algo normal en sus vidas.

Históricamente es la mujer la condenada a la sumisión y respeto hacia el hombre y no he visto a ninguno indignado por este designio… Ahora bien, podríamos pensar que la publicidad juega un papel perpetuador y coadyuvante en tan escalofriante acto destructor. No obstante, la actitud religiosa que nos condena a situaciones karmáticas o evolutivas en lo espiritual es tan responsable como el que da el puñetazo.

Si seguimos creyendo que hay una misión que se nos escapa de la razón, que hay una predestinación indisoluble que nos apresa con sus explicaciones místicas difíciles de refutar… si vemos al maltratador como maestro, entonces tendremos un factor de origen en nuestras narices.

Ni somos Scherezadas ni existe el rey de Tartaria que se quiere casar con nosotras para amarnos hasta que la muerte nos separe. Tampoco necesitamos pasar mil y una noches en vela, esperando a no nos maten…

¿Qué crees que origina la tolerancia al maltrato?

¿Conoces alguna mujer que acepte la violencia? Cuéntanos tu reflexión.

E.

El contra

Todos los jóvenes que recién habíamos comenzado la carrera de artes soñábamos con ver cara a cara las pinturas tan bien descritas por los profesores. Soñábamos despiertos con visitar las ruinas romanas, los templos griegos, las pirámides egipcias, los cuadros de Miró, “La Guernica” de Picasso. Tantísimos estudios para aprendernos los capiteles dóricos, jónicos y corintios, el hiperrealismo pictórico, el expresionismo alemán, los contextos sociales para entender el arte en la historia…

Era difícil sostener la sobreestimulación de imágenes que rotaban al son de un carrusel infestado de diapositivas. El típico sonido del proyector se escuchaba desde un metro y medio de distancia cuando llegábamos tarde a la clase. Salíamos absortos de emoción. Comentábamos las técnicas, la luz, el cómo hicieron los artistas de aquella época, cuánto tardaron en realizar tan magníficas obras, cómo diablos se conseguía el color, el trazo, el conjunto…

Quise probar y me compré una libreta artesanal completamente hecha a mano. Mis intentos de dibujo y pintura se vieron tan mermados por las prisas que demandaban los ensayos, trabajos, exámenes y exposiciones en clase que enseguida abandoné el proyecto. No obstante, me fijé en la dirección de fábrica de la libreta y satisfice la curiosidad con una visita.

Llegué a un barrio caraqueño de altísima precariedad e inseguridad social, como la Francia de los miserables. Por un momento pensé en abandonar y devolverme, pero a medida que me adentraba al lugar, me sentía con ganas de ver dónde se hacían las libretas tan bien confeccionadas.

Al llegar a una casita de madera y techo de zinc, me recibió un hombre con cuerpo de niño. Tenía una atrofia muscular que lo hacía jorobado; apenas podía caminar, sus manos eran pequeñas y su cabeza estaba condenada a mirar hacia el suelo. Se subía en banquillos dispuestos por la casa para saludarme, darme la mano y tener, a duras penas, contacto visual conmigo.

Era una tarde cualquiera. El habilidoso hombre me explicó que trabajaba en el taller desde que era muy joven y que su proyecto le había permitido dar trabajo a otros chicos que querían rehabilitarse de las drogas o reinsertarse en la sociedad después de pasar por centros de menores. Me dijo que había estado en Italia porque el cura del barrio había hecho contactos en Roma.

Me describió la Capilla Sixtina, “La piedad” de Miguel Ángel, las ruinas romanas, las caminatas por los campos, los vinos, las comidas, las exquisitas pastas, los jardines de un claustro… que había ido a Francia y conoció el Museo de Louvre. Me dijo que la Gioconda era un cuadro más pequeño de lo que yo imaginaba, que se había agobiado de tantísima gente. Todo me lo explicaba a medida que engomaba una agenda y me mostraba su fabricación. Le pregunté el porqué no se había quedado en Italia con todos los ofrecimientos de hospitalidad y trabajo que tenía garantizados. “Porque no me gustó el invierno”, contestó.

Nunca había estado rodeada de tanto papel artesanal en mi vida, papel que mi anfitrión fabricaba desde hacía muchos años. Las mesas eran enormes como las que usan los dibujantes de arquitectura. Las estanterías eran altísimas y los colores eran de tintes naturales que él sacaba en su pequeño laboratorio.

De pronto alguien gritó: “¡Contra!”, y el hombre maniobró por todas sus improvisadas adaptaciones hasta llegar a la ventana y responder al llamado. Aproveché para despedirme, no sin antes preguntarle por qué le decían así. “Por mi enfermedad”, respondió, “porque nací contraído”.

¿Cuáles son tus limitaciones para autorrealizarte?

¿Crees que la intención es poder?

L.

La familia es un mito

Todo aquello que responda a una idealización es un mito. La familia como elemento ideológico no está lejos de la fantasía. Puede que las personas que hayan gozado de amor, cuidado y apoyo desde siempre difieran de este tratado y es razonable en lo particular, pero muy absurdo en lo general.

Resulta que cada familia es un grupo de personas emparentadas entre sí por sangre o lazos legales. Hasta aquí es irrefutable. Ahora bien, de aquí a que la familia se le considere un grupo de personas con características y proyectos comunes, es un deber ser que todo ser humano insiste en creer como verdad cuando no le ha tocado vivirla. No obstante, sí podemos construirla cuando decidimos con quién convivir.

La fe ciega que tuvimos cuando éramos niños se debe a que cuando nacemos todavía estamos en proceso de desarrollo y necesitamos de nuestros padres o personas aptas para nuestro cuidado. Resulta que los nueve meses de gestación no fueron suficientes para nacer completamente autónomos.

De lo contrario, saldríamos del útero directamente al colegio, pero cuando el homo decidió ser erectus, la pelvis de la hembra cambió y, por evolución, nacimos más subdesarrollados. No es que Dios dijo “parirás con dolor” y condenó a las mujeres a sufrir, es que para ser bípedos teníamos que nacer antes.

En ese proceso de acogida al infante pueden suceder eventos terribles que marquen a la criaturita que no tiene la culpa de nada, puesto que su cerebro está susceptible al modelado. Sea como sea, al niño se le condena a honrar a sus padres, aunque no tenga ideas en común con ellos; porque mientras todo bebé espera ser amado, a pesar de la ausencia de amor, no hay nada que les una a sus progenitores salvo la consanguineidad.

Me parece de muy mala educación el que las personas pregunten por la familia, dando por sentado que todos hablamos con los padres, como si la comunicación fuera fácil cuando hay jerarquías; como si tuviéramos la obligación de saber todo acerca de nuestros hermanos, cuando cada quien responde a sus propios intereses.

Dar por hecho que el hijo quiere a su madre y la madre quiere a su hijo, cuando no hubo siquiera una respuesta natural de oxitocina en la tierna infancia. Todo porque el ideal de este grupito estriba en el amor incondicional y en que, pase lo que pase, pertenecemos a ese pequeño núcleo de personas.

Y no, no siempre existe ese amor sin condiciones impuesto por la cultura.

La familia es un juego de poder, donde sale en desventaja el hijo que ocupa la sumisión y obediencia, dejándolo indefenso frente a un mito general que dice que la familia ha de permanecer unida y compartir las ideas, intereses o características comunes, como base de una sociedad próspera y cooperante, a pesar de que los más desfavorecidos hayan sido encarcelados por la humillación desde su infancia.

Como esto es difícil de asimilar porque no queremos renunciar al mito, se recurre a variopintas justificaciones que acaban por concluir que los padres hicieron lo que mejor pudieron. Y esto es solo una fantasía que acaba en el leiv motiv de los buscadores de la felicidad que reclaman bienestar en su espinosa supervivencia.

¿Se puede justificar el maltrato infantil?

¿El maltrato es una forma de amar?

Fuente: Noah, Y. (2014). Sapiens. De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad. Editorial Debate: Barcelona.

S.

Soy antipositivista

Si ser positivista es negar la realidad que me rodea para vivir la fantasía que solo ocurre en mi mente… Si es imaginar las reacciones que pudieran ocasionar mis actos solo porque así lo deduce mi ilusión… ¡Me niego a serlo! Prefiero ser antipositivista.

Muchas veces por supervivencia recurrimos a la creación imaginaria de un mundo feliz para lidiar con la dureza del día a día. Soñar en una posibilidad más cómoda nos permite el descanso y la compensación que nuestro cerebro necesita para no estar en constante guardia.

Algunas biografías demuestran una infancia hostil con una prolífera creatividad adulta.Tal es el caso de la artista plástica Elsa Morales, el filósofo Friedrich Nietzsche, el cuentista Horacio Quiroga, el pintor Armando Reverón, entre otros.

El positivismo, en su grosera insistencia de autocontrol, nos pone más en peligro que a salvo cuando tenemos que anularnos nosotros mismos para responder a un diseño inhumano. Si sabemos que en el “Callejón de la Puñalada” se alojan los maleantes del barrio para robar, ¿por qué creemos que nuestro pensamiento por sí solo va a salvarnos de una realidad social?

Pero no confundamos los términos. No es lo mismo ser antipositivo que ser negativo, porque negar el mito del pensamiento positivo no tiene porqué condenarnos al extremo contrario. Podemos vivir sin la negación y estar atentos a lo que nos sucede sin más adornos.

Pensar que todo es malo e inapropiado es seguir en el mito. No todo puede ser absolutamente catastrófico. Recurrimos a este tipo de pensamiento porque nos salva de la decepción. Gracias a nuestra mente prodigiosa nos salvamos del mal rato y nos acomodamos en el derrotismo. Sin soportar los matices…

Esto se debe, en gran parte, a la exigencia de los grupos sociales en sus distintas ramas (laboral, familiar, público o privado), que nos exigen la postura“correcta”, la mejor sonrisa, predisposición, proactividad y esmero, llevando nuestras reacciones naturales a un autocontrol que agota.

En mi caso habría muchos ejemplos que dar, pero comparto las ganas que siempre he tenido de pintar, juzgándome como mal dibujante; porque se dice que representar con el trazo una figura es hacerlo de la manera más fiel a la imagen, aunque el arte abstracto diga lo contrario.

¿Eres positivista, negativo o antipositivista?

¿Te ha funcionado el pensamiento positivo?

H.

Hicieron lo que mejor pudieron

Es la típica frase que nos dicen cuando intentamos hablar de nuestra malherida infancia; y, nos la dicen tanto que muchos acabamos repitiéndola para otros, hasta perpetuar la cadena de dolor sin la más mínima empatía al niño maltratado que fuimos.

La familia pasa a ser un mito porque su estructura y funcionalidad, su amor y protección son una realidad que solo pasa en nuestra mente para sobrevivir.

Pero llega el día que nos hacemos adultos y nos damos cuenta de que existen opciones, que siempre las hay y que, con planificación, organización y miras al Otro, no hace falta escarmientos inútiles ni palabras hirientes para tratarnos.También sucede lo más curioso de todo: que siempre vemos a los padres desvalidos porque vivieron una infancia peor que la nuestra o porque nos criaron en contextos difíciles que no les permitieron hacerlo de otra manera.

Para explicar esto, caemos en contradicciones disparatadas como, por ejemplo, ver a los padres más grandes que nosotros y al mismo tiempo ser nosotros quienes sepamos más que ellos a la hora de establecer una relación medianamente armoniosa.

¿Porqué debemos estar más predispuestos a las mejores opciones? ¿Por qué tenemos que ser más sabios, más diligentes, más inclinados a amar en la aberrante dinámica de una familia inoperante?

La institucionalidad de este pequeño núcleo hace que, como hijos, “molestemos” en lo más mínimo a sus líderes mientras menosprecian nuestra dignidad. El viejo recurso de ignorar los eventos más dolorosos porque “en aquella época” los maltratos fueron la educación que nos llevó a ser lo que somos y nos encontramos ahora en el punto de ayudarles a vivir su vejez porque se lo debemos, porque gracias a ellos tuvimos educación, techo y comida.

¿Acaso no tenemos derecho a sentirnos irrespetados? Nuestro pensamiento reflexivo quedó relegado a la supervivencia y puede que el mito sea una tabla de salvación difícil de soltar, incluso cuando ya no la necesitamos.

Ahora bien, ellos hicieron lo que mejor pudieron cuando: nos pegaron con cinturones hasta hacernos sangrar, vivimos simulacros de suicidio del padre que nunca se tiró por la ventana, nos rociaron de gasolina porque a nuestros siete años manchamos de plastilina la alfombra, nos hablaron con rabia casi siempre, escuchamos gritos todas las noches, nos vieron temblar como gelatinas y siguieron adelante con su actitud, pasamos toda la infancia escondidos en los armarios, durmiendo en escaleras, en casa de los vecinos… cuando nos echaron de casa sin cumplir la mayoría de edad, nos rompieron los dientes con un buen golpe, nos mantuvieron hacinados en la habitación sin permiso a salir, nos aterrorizaron con su presencia en el colegio, partieron sillas en nuestras espaldas y nos exigieron el mejor comportamiento frente a los demás…

Si esto fue lo que mejor pudieron hacer por nosotros,

¿Qué es lo peor?

E.

El hospital del futuro

Las flores de Bach son un refinamiento del misticismo de la homeopatía, un descarado y funcional efecto placebo para algunos pacientes.

Es fácil desmontar las flores de Bach como industria que se basa en la mitología y la experiencia íntima religiosa de un hombre que dijo que sus treinta y ocho flores curaban cualquier enfermedad.

Comencemos por su contexto personal. Bach nació en Inglaterra en el siglo XIX, país de religión protestante, cristiana y católica ortodoxa. Su maestro inspirador y partícipe directo de sus investigaciones era Dios. Para el descubrimiento de sus esencias, utilizó únicamente su intuición. Llegó a la conclusión de que las flores que estaban más expuestas al sol y a aguas de ríos o pozos tenían una vibración más alta que las flores que crecían en la sombra o en las cuevas.

Como buen hijo de país protestante, decía que la causante de nuestras enfermedades era la mente en desarmonía con el alma. ¡Uy, calvinista! Para él, la enfermedad no tenía ninguna importancia porque somos semidioses que no nos enteramos de nada. ¡Uy, elegido! Decía que la fe, la perseverancia, la voluntad y el agua pura de manantial lo curaban todo. ¡Uy, burbupeuta!

Pero lo más interesante y casi apocalíptico de sus alocuciones fue la disertación sobre el hospital del futuro que hizo en 1931, frente a médicos seguidores de Hahnemann, el creador de la homeopatía.

Argumentó que no era necesario estudiar medicina para ser sanadores, porque solo había que estudiar la emoción de los pacientes, independientemente de la enfermedad que padecieran.

Este hospital del futuro debía ser un santuario de paz, bienestar y alegría, con lo cual es fácil deducir el pensamiento positivo y el alejamiento del resto del mundo ignorante. ¡Uy, burbuja!

También dijo que no hacía falta análisis de sangre ni observación orgánica del paciente, con solo mantenerlo aislado en la burbuja era suficiente para aprender la lección que causó su enfermedad. Usó de ejemplo la artritis como síntoma de la rigidez mental.

Nada de patología, anatomía, etiología y diagnóstico; el médico del mañana solo necesitará su intuición para curar. Estudiará la divinidad dentro de las personas y se encargará de elevar las vibraciones a través de las flores.

Bach no estaba de acuerdo con Hahnemann en cuanto a que lo similar cura lo similar, él decía que el odio se cura con amor, la humillación con perdón, y una cachetada con la otra mejilla para ejercer la compasión… ¡Uy, uy, uy!

¿Te tratarías una enfermedad en el hospital del futuro?

¿Quisiste enfermarte alguna vez?

Fuente:Barnard, J. (2008). Obras completas del doctor Edward Bach. Editorial Océano, S. L: Barcelona.

S.

Ser injusto sin parecerlo

En los Libros I y II de la República, Sócrates se enzarza en discusiones con varios interlocutores, entre ellos Trasímaco, Glaucón y Adimanto. ¿Qué es la injusticia?, pregunta el filósofo que no para de alardear de su ignorancia.

El tema se pone más interesante con Glaucón y Adimanto, quienes dicen que la injusticia es la suerte más dichosa si se le concilia con una buena reputación. Esto quiere decir que se puede ser injusto y parecer lo contrario.

Sócrates se espanta y se siente incómodo cuando los hermanos prosiguen su alocución y dejan claro que la injusticia puede ejercerse si la apariencia es de bien:

¿Para qué esforzarse en ser justos si ya hay maestros que se encargarán de enseñar el arte de la seducción con sectas y hermandades para así producir los discursos más artificiosos ante la justicia?

Que se entienda bien, discursos artificiosos son palabras no sentidas, sino estructuradas y organizadas para un fin. Por si fuera poco, Adimanto insiste que la injusticia siempre será perdonada por los dioses, porque a ellos se les hará ofrendas y sacrificios para ser perdonados en vida y después de la muerte, ya que, con estos rituales, lo injusto pasaría a ser un crimen con apariencia de virtud.

Tanto Glaucón como Adimanto insisten en que se puede ser injusto sin parecerlo porque dicha apariencia es suficiente para ser perdonado sin temor a represalias. No obstante, Sócrates como buen orador, defiende la postura del Estado en filtrar los contenidos de los mitos y forjar una poética que enseñe al pueblo a creer en ciertas fábulas que enaltezcan seres mitológicos de bien.

Así, tanto ciudadanos, como esclavos, mujeres y niños obedecerán con apremio lo indicado por los poetas que sirven a sus gobernantes.

El Estado justo sería aquel cuyas personas respondan a un destino ya fijado por los dioses o la naturaleza, quedando la mayoría encargada de servir a unos  pocos que representan la sabiduría del alma.

¿Qué ejemplos darías para ser injusto sin parecerlo?

¿Conoces a un injusto que parece ser bueno?

Fuente:  Platón. (2011). La República o el Estado. Editorial Espasa: Barcelona, España.