L.

Lou Salomé sin Andreas y sin Nietsche

Primero, fue una mujer aristócrata de origen ruso nacida en 1861. Segundo, fiel lectora de Nietzsche, quien supo comprenderle desde el principio. Tan es así, que el filósofo se enamoró de ella, pero fue rechazado dos veces de su propuesta de matrimonio.

Tercero, estamos en el siglo XX y Lou se encontró en el trillado dilema de ser mujer con pensamiento independiente. Fue una prolífera escritora y discípula de Freud. Vivió de forma libre su sexualidad con los hombres que quiso y, por supuesto, fue criticada por amar libremente sin sentirse culpable por ello. Defendía la poligamia en el ser humano, no exclusivamente en la mujer o en el hombre.

Abogó por la libertad de la mujer en todas las circunstancias, al no sometimiento en el matrimonio, la sumisión y la maternidad como requisito social.

La llamaban “la coleccionista de genios” porque se codeaba con grandes pensadores, escritores y científicos de la época, y dicen algunos biógrafos que unos cuantos se suicidaron por no poseer a esta mujer.

Al nombre de Lou le anteceden algunos adjetivos: la esbelta, la bella rusa, la de ojos azules, la mujer radiante, la altiva, la alta, la de rubio platino, la estilizada Lou Andreas-Salomé. La misma que se mantuvo virgen en su matrimonio con Carl Friedrich Andreas.

Si de adjetivos vamos, yo no he leído nada de otros escritores masculinos, por ejemplo: el desaliñado Julio Cortázar, el calvo Eduardo Galeano, el bizco Jean Paul Sartre o el apuesto Albert Camus.

No sé qué tiene que ver la belleza de esta mujer con su avanzado pensamiento, porque si bien aprendió de Freud, tampoco estuvo completamente de acuerdo en todas sus teorías.

Debo decir que me identifico con Lou en cuanto a su distancia con los movimientos femeninos que no la representaban: ella decía que el cambio debía provenir desde lo interno de cada una y no de movimientos reivindicativos de igualdad.

Con esto me refiero a que puedo ser feminista casi sin darme cuenta. No me hace falta que me represente ninguna doctrina. Prefiero el movimiento de mujeres reivindicativas; como las Kelly de España, un colectivo que lucha por las mejoras salariales en la hostelería.

Mientras estuve en la Burbuja, nunca simpaticé con los ideales de mujer loba ni mujer tierra que expresaban sus sentimientos frente a un público ajeno a mi pensamiento. En este mundillo espiritual, ser mujer es equivalente a ser una tontica que canta mantras y danza en círculos.

No obstante, en 1915, Lou fue una burbupeuta que atendió con el psicoanálisis a malheridos de la postguerra que la psiquiatría clínica no se daba abasto asistir. Por eso tuvo su consulta en Gotinga que le facilitó prestigio y aceptación en grupos sociales masculinos.

¿Es necesario valorar el físico de una persona antes que su obra?

¿Te reivindican los movimientos femeninos?

Fuente: Vallejo, O. (2003). “Lou Andreas Salomé, algo más que una coleccionista de genios”. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 86, 75-87.

T.

Testigo cómplice

Este término fue utilizado por la ex psicoanalista Alice Miller, autora de varios libros sobre el maltrato infantil, la educación de los padres y el origen de la violencia en la sociedad. Es probable que quien no sepa a qué lectura se enfrenta con sus tratados, se sienta sobrecogido por la crudeza y sinceridad con la que cuenta los hechos que motivan su estudio.

La figura del testigo cómplice consiste en aquella persona que dio al infante maltratado un poco de cariño, que le hizo sentir seguro y no le juzgó, que le protegió y le enseñó otra manera de palpar el mundo sin sentirse castigado. Este testigo cómplice podría ser una vecina, un amigo, una tía o una abuela.

Ahora bien, a la personita que en su proceso de crecimiento creemos insalvable por las circunstancias hostiles que le tocó vivir, siempre tiene la oportunidad de ver otra salida. Aunque parezca inútil, una sonrisa, un abrazo o un gesto de cariño puede salvarle de la espiral de violencia y es muy probable que cuando llegue a la edad adulta no sienta la necesidad del alivio temporal que produce la venganza.

Los adultos podemos dejar huellas imborrables en los niños y sería una oportunidad de oro mostrarle que el amor existe y se manifiesta con ternura y protección, porque el pequeño lo único que necesita es ello para sobrevivir. No obstante, si fuimos víctimas sin testigo cómplice, es probable que avalemos la educación tortuosa tanto en casa como en el colegio.

El mundo entero necesita de testigos cómplices para la protección en la infancia; asegura Miller que si Hitler y todos sus seguidores hubieran gozado de uno, muy probablemente no habría existido el Tercer Reich, porque la maldad no es genética.

Los niños al nacer necesitan el cuidado de los adultos, sentirse protegidos, acogidos, recibidos, amados. No obstante, si aún en las carencias de estos elementos básicos para una infancia feliz recibe una palmadita tierna, un voto de confianza y amor verdadero, será el recuerdo indeleble que sostendrá su dignidad, sus ganas de vivir en armonía, su convicción profunda en las opciones y, lo que es mejor, no repetirá el maltrato con sus hijos, aunque todo ello le suponga una larga convivencia con el dolor interior.

¿Reaccionarías frente al maltrato infantil?

Fuente: Miller, A. (2009). Salvar tu vida. La superación del maltrato en la infancia. Tusquets Editores: Barcelona.

T.

Tengo derecho a estar triste

A estas alturas, no debería ser una protesta, pero en vista de las exigencias sociales y de nuevo pensamiento que nos obligan a estar bien, como si la tristeza no fuera parte de nuestro bienestar, entonces sí, me manifiesto y exijo mi derecho a estar triste:

  • Porque es tan natural como la alegría.
  • Porque es reír al revés.
  • Porque tengo derecho a reaccionar con las palabras de clara intencionalidad hiriente.
  • Porque no debería camuflarse para participar en la vida cotidiana.
  • Porque ni es una vibración ni causa enfermedad alguna.
  • Porque es normal y necesaria en algún momento de nuestras vidas.
  • Porque no debe ser objeto cotizable en la bolsa de valores morales que apuestan por el bien de estar siempre positivo.
  • Porque se puede seguir viviendo.
  • Porque es compatible con la bondad, la humildad y el bienestar.
  • Porque cansa su prohibición en lo privado y su censura en lo público.
  • Porque en los días tristes reflexiono, pienso, descanso, duermo y como chocolates.

Y tú, ¿por qué tienes derecho a estar triste?

S.

Síndrome de la ilusión

Se trata de un trastorno cerebral que consiste en reconocer a nuestros allegados, pero creerlos impostores del ser reales. Quien lo padece puede ver a su pareja como una impostora. Este síndrome es conocido como Capgras.

Este tipo de trastorno puede reconocer el rostro, el cuerpo y todo el contexto de una persona, pero no la reconoce a nivel emocional. Es como si hubiera una separación de percepciones: por un lado, mira y ve, pero por otro, no asocia los sentimientos.

No puede equipararse a la esquizofrenia porque no hay delirio. Tampoco puede compararse con la prosopagnosia porque existe reconocimiento facial. No es un loco de atar pero podría vivir la angustia, como mínimo.

Como escritores, este tipo de trastornos puede inspirarnos personajes de rarezas ricas en descripciones y situaciones extremas para crear conflictos y diálogos. No se trata de banalizar la enfermedad, pero sí darle cabida a la misteriosa masa gris que nos mantiene vivos.

Para ilustradores sería un ejercicio de interpretación muy interesante, para científicos un motivo de investigación, para psiquiatras un reto, para familiares un enfermo difícil, para el enfermo… ¿qué?

¿Es posible que haya conocido este tipo de personas y no me haya dado cuenta?

Imaginemos tener a un allegado que reconozca nuestro cuerpo, pero no los sentimientos que nos unen. Que alguien piense que somos impostores, como si no fuéramos nosotros mismos los que le hablamos, como si usurpáramos el lugar de alguien que se nos parece mucho y piensa casi igual, como si nuestras palabras no fueran nuestras sino ensayadas, como si nuestros sentimientos fueran falsos porque los aprendimos de un maestro.

La impostura porque adoptamos una actitud ideal de lo que somos, porque miramos hacia otro lado cuando necesitamos ignorar, porque queremos parecer y no ser. Recurrimos a todos los artificios de apariencias, aprendemos dónde y cómo mirar para no delatarnos…

¿Se puede tener el síndrome con uno mismo?

Fuente: Pickren, W. (2015). El libro de la psicología. Editorial Librero: Madrid.

P.

Prosopagnosia

Antes que todo, desmenucemos el significado de esta palabra por partes. La agnosia es, en medicina, la dificultad de percepción, mientras que en la religión es el entendimiento humano relativo y no absoluto sobre la existencia de Dios, de allí la palabra agnóstico. Prosopo viene del griego prósopon, que significa ‘cara’. Dicho todo esto, la prosopagnosia es la dificultad de reconocer los rostros.

Es un trastorno cerebral donde el sujeto goza de una perfecta visión y puede reconocer los ojos como ojos, la nariz, la barbilla y la boca como tales, pero no saber reconocer a la persona. Por si fuera poco, no puede reconocerse a sí mismo frente al espejo. Con lo cual, la persona puede ver, pero su ceguera reposa en la falta de reconocimiento.

No obstante, quien padece esta enfermedad puede ayudarse con el reconocimiento de la voz, olor corporal, perfume o gestos de su interlocutor. Todo señala que el reconocimiento de rostros es una función especial y específica de ciertas neuronas, que es un trastorno genético y lo padece el 2,5% de la población mundial.

Me pregunto… qué pasa con las personas inolvidables, no tanto por su aspecto sino por el conjunto que les acompaña; porque hay olores corporales únicos, tonos de voces inigualables, gestos muy personales. Dichosa la autenticidad personal que no podrá pasar desapercibida siquiera por las cegueras faciales…

Tengo más preguntas que hacerle a la prosopagnosia: ¿puede enamorarse?, ¿puede estar solo?, ¿tiene amigos?, ¿es feliz? ¿Se preguntará lo mismo de los que sí reconocemos los rostros?

¿Qué le preguntarías tú?

¿Conoces a alguien con prosopagnosia?

Fuente:Pickren, W. (2015). El libro de la psicología. Editorial Librero: Madrid.

E.

Espacio vital

Es entendido como el perímetro personal de un metro a la redonda del espacio que ocupamos. Ese pequeño vacío que necesitamos para desenvolver nuestros gestos, articular cómodamente nuestros movimientos, respirar y estar libres respecto al Otro.

Paralelamente, el espacio vital fue un término nazi conocido como “lebensraum”, utilizado por el geógrafo alemán Friedrich Ratzel, que a su vez estuvo influido por el biologismo y naturalismo. Según este hombre, la existencia de un Estado quedaba garantizada cuando dispusiera del espacio suficiente para atender sus necesidades. Cuando Hitler se enteró del lebensraum, no tardó en querer expandir el Tercer Reich para su Estado en crecimiento.

Kurt Lewin fue un psicólogo que también utilizó la expresión para sus estudios pioneros en la psicología social. Él decía que para evaluar había que estudiar el espacio vital de una persona, y tomó prestado de la física para crear su teoría de campo o teoría de motivación, enriqueciendo así la Gestalt. No es casual que Lewin fuera judío en esta historia.

Aclarados los puntos, tomo mi derecho a la libertad de expresión para manifestar ciertos desagravios que atentan con el espacio vital de cualquier persona en lo que a mí respecta.

La invasión también suele incurrir en ruidos: cuando una persona sube los decibelios de su voz; cuando el vecino tiene un perro desatendido todo el día y no para de ladrar; cuando el recogedor de basura hace su trabajo con saña y no le importa crear todas las vibraciones ondulatorias que despierten el oído a las tres de la madrugada; quien irrumpe la quietud con una tos incesante a pesar de los caramelos.

Y si de invasión física hablamos, están las incívicas en el transporte público cuando el que se sienta a nuestro lado abre las piernas dejando a nuestra merced toda la incomodidad; el que sobrepasa los 40 cm de radio y nos habla como si estuviera a punto de besarnos; el que abraza o se recuesta sobre nosotros como si tuviéramos la obligación de auxiliar sus gesticulaciones invasivas; el que te toca porque es tocón (debería haber una norma de no tocar al otro como punto diplomático).

El espacio vital o peripersonal de los niños es tan valioso como el del adulto, puesto que si para este último le resulta difícil poner límites por las circunstancias sociales, imaginemos a los más chicos que quieren decir “no quiero” y no se les toma en cuenta su voz por tener la condición biológica de ser los más pequeños… Besar, abrazar, invadir el espacio peripersonal de un infante que rechaza tal actitud, podría ser vista con naturalidad y respeto, puesto que desde pequeños conoceríamos nuestros límites y sabríamos quién nos quiere tocar por afecto y no con segundas intenciones.

¿Se  puede evitar la normalización de la violencia?

¿Crees que lo que siente o piensa un niño debería tomarse en cuenta?

¿Has tenido que aceptar un afecto sin quererlo?

E.

El origen de la violencia consentida

Muchas veces se explica la violencia con los patrones aprendidos en la infancia. Aun así, sigue habiendo un nicho difícil de soslayar cuando algunas mujeres aceptan el maltrato como una forma de amar. Antes porque no había organismo de Estado que amparara a la mujer maltratada; ahora porque, a pesar de la protección y el acompañamiento moral, sigue habiendo mujeres que permiten dinámicas de violencia que terminan en las estadísticas de feminicidio.

¿Qué pasa con las personas que no han crecido en la violencia y aun así las aceptan en sus vidas? ¿Qué sucede por la mente de una mujer que, a pesar de las advertencias de sus amigos y familiares, asume el papel de ratoncita presumida que espera que el gato la ame y no se la coma?

¿Qué origina la violencia? ¿Acaso el ser humano lleva inherente en su condición el gen devastador para autoaniquilarse? He conocido mujeres exitosas, emprendedoras e independientes que les gusta vivir con el puño en la cara. Decenas de biografías nos presentan a mujeres de enorme talento que vivieron el maltrato como algo normal en sus vidas.

Históricamente es la mujer la condenada a la sumisión y respeto hacia el hombre y no he visto a ninguno indignado por este designio… Ahora bien, podríamos pensar que la publicidad juega un papel perpetuador y coadyuvante en tan escalofriante acto destructor. No obstante, la actitud religiosa que nos condena a situaciones karmáticas o evolutivas en lo espiritual es tan responsable como el que da el puñetazo.

Si seguimos creyendo que hay una misión que se nos escapa de la razón, que hay una predestinación indisoluble que nos apresa con sus explicaciones místicas difíciles de refutar… si vemos al maltratador como maestro, entonces tendremos un factor de origen en nuestras narices.

Ni somos Scherezadas ni existe el rey de Tartaria que se quiere casar con nosotras para amarnos hasta que la muerte nos separe. Tampoco necesitamos pasar mil y una noches en vela, esperando a no nos maten…

¿Qué crees que origina la tolerancia al maltrato?

¿Conoces alguna mujer que acepte la violencia? Cuéntanos tu reflexión.

S.

Soy antipositivista

Si ser positivista es negar la realidad que me rodea para vivir la fantasía que solo ocurre en mi mente… Si es imaginar las reacciones que pudieran ocasionar mis actos solo porque así lo deduce mi ilusión… ¡Me niego a serlo! Prefiero ser antipositivista.

Muchas veces por supervivencia recurrimos a la creación imaginaria de un mundo feliz para lidiar con la dureza del día a día. Soñar en una posibilidad más cómoda nos permite el descanso y la compensación que nuestro cerebro necesita para no estar en constante guardia.

Algunas biografías demuestran una infancia hostil con una prolífera creatividad adulta.Tal es el caso de la artista plástica Elsa Morales, el filósofo Friedrich Nietzsche, el cuentista Horacio Quiroga, el pintor Armando Reverón, entre otros.

El positivismo, en su grosera insistencia de autocontrol, nos pone más en peligro que a salvo cuando tenemos que anularnos nosotros mismos para responder a un diseño inhumano. Si sabemos que en el “Callejón de la Puñalada” se alojan los maleantes del barrio para robar, ¿por qué creemos que nuestro pensamiento por sí solo va a salvarnos de una realidad social?

Pero no confundamos los términos. No es lo mismo ser antipositivo que ser negativo, porque negar el mito del pensamiento positivo no tiene porqué condenarnos al extremo contrario. Podemos vivir sin la negación y estar atentos a lo que nos sucede sin más adornos.

Pensar que todo es malo e inapropiado es seguir en el mito. No todo puede ser absolutamente catastrófico. Recurrimos a este tipo de pensamiento porque nos salva de la decepción. Gracias a nuestra mente prodigiosa nos salvamos del mal rato y nos acomodamos en el derrotismo. Sin soportar los matices…

Esto se debe, en gran parte, a la exigencia de los grupos sociales en sus distintas ramas (laboral, familiar, público o privado), que nos exigen la postura“correcta”, la mejor sonrisa, predisposición, proactividad y esmero, llevando nuestras reacciones naturales a un autocontrol que agota.

En mi caso habría muchos ejemplos que dar, pero comparto las ganas que siempre he tenido de pintar, juzgándome como mal dibujante; porque se dice que representar con el trazo una figura es hacerlo de la manera más fiel a la imagen, aunque el arte abstracto diga lo contrario.

¿Eres positivista, negativo o antipositivista?

¿Te ha funcionado el pensamiento positivo?

H.

Hicieron lo que mejor pudieron

Es la típica frase que nos dicen cuando intentamos hablar de nuestra malherida infancia; y, nos la dicen tanto que muchos acabamos repitiéndola para otros, hasta perpetuar la cadena de dolor sin la más mínima empatía al niño maltratado que fuimos.

La familia pasa a ser un mito porque su estructura y funcionalidad, su amor y protección son una realidad que solo pasa en nuestra mente para sobrevivir.

Pero llega el día que nos hacemos adultos y nos damos cuenta de que existen opciones, que siempre las hay y que, con planificación, organización y miras al Otro, no hace falta escarmientos inútiles ni palabras hirientes para tratarnos.También sucede lo más curioso de todo: que siempre vemos a los padres desvalidos porque vivieron una infancia peor que la nuestra o porque nos criaron en contextos difíciles que no les permitieron hacerlo de otra manera.

Para explicar esto, caemos en contradicciones disparatadas como, por ejemplo, ver a los padres más grandes que nosotros y al mismo tiempo ser nosotros quienes sepamos más que ellos a la hora de establecer una relación medianamente armoniosa.

¿Porqué debemos estar más predispuestos a las mejores opciones? ¿Por qué tenemos que ser más sabios, más diligentes, más inclinados a amar en la aberrante dinámica de una familia inoperante?

La institucionalidad de este pequeño núcleo hace que, como hijos, “molestemos” en lo más mínimo a sus líderes mientras menosprecian nuestra dignidad. El viejo recurso de ignorar los eventos más dolorosos porque “en aquella época” los maltratos fueron la educación que nos llevó a ser lo que somos y nos encontramos ahora en el punto de ayudarles a vivir su vejez porque se lo debemos, porque gracias a ellos tuvimos educación, techo y comida.

¿Acaso no tenemos derecho a sentirnos irrespetados? Nuestro pensamiento reflexivo quedó relegado a la supervivencia y puede que el mito sea una tabla de salvación difícil de soltar, incluso cuando ya no la necesitamos.

Ahora bien, ellos hicieron lo que mejor pudieron cuando: nos pegaron con cinturones hasta hacernos sangrar, vivimos simulacros de suicidio del padre que nunca se tiró por la ventana, nos rociaron de gasolina porque a nuestros siete años manchamos de plastilina la alfombra, nos hablaron con rabia casi siempre, escuchamos gritos todas las noches, nos vieron temblar como gelatinas y siguieron adelante con su actitud, pasamos toda la infancia escondidos en los armarios, durmiendo en escaleras, en casa de los vecinos… cuando nos echaron de casa sin cumplir la mayoría de edad, nos rompieron los dientes con un buen golpe, nos mantuvieron hacinados en la habitación sin permiso a salir, nos aterrorizaron con su presencia en el colegio, partieron sillas en nuestras espaldas y nos exigieron el mejor comportamiento frente a los demás…

Si esto fue lo que mejor pudieron hacer por nosotros,

¿Qué es lo peor?

E.

El calvinista

Juan Calvino fue un teólogo francés y uno de los fundadores de la iglesia protestante. Su desacuerdo con la iglesia católica se basó en la consideración de los sacramentos como rituales innecesarios para amar a Dios. Para ello, creó sus propias “ordenanzas eclesiásticas” y atribuyó valor al trabajo para no pensar.

Para los calvinistas, la mente era la enemiga que se debía combatir con el trabajo forzado para no tener ningún pensamiento o deseo pecaminoso. El miedo a estar predestinado al infierno, y no a la vida eterna en el reino de los cielos, hizo que los calvinistas trabajaran sin parar con una autoexigencia incalculable, con tal de que fueran bien vistos tanto por Calvino como por Dios. Si el trabajo daba frutos económicos, tampoco debían gozarlos, puesto que el descanso y el disfrute les estaban prohibidos.

El ocio, el hacer una siesta, el estar sin hacer nada… eran pecados que se pagaban con los más crueles castigos porque, para Calvino, la fe debía ser una obediencia absoluta, una entrega al hacer sin pensar, una negación del placer y la reflexión.

Ya han pasado más de cinco siglos de sentirnos culpables de no hacer nada productivo y aun así conservamos nuestro espíritu calvinista cuando somos inflexibles y dominantes, tenemos muchas tareas pendientes y nos culpabilizamos si decidimos descansar un poco… porque el pecado no es tanto la gula sino darse el gusto de comer un dulce…

Un deportista de élite es un calvinista que entrena con una disciplina férrea porque sabe que, si no lo hace, su contrincante se prepara y gana la competencia. Un calvinista no soporta sentirse improductivo, no se distrae ni contempla porque sería una pérdida de tiempo. Son los que se torturan con dietas y se autoflagelan en el gimnasio.

Un calvinista que escoge el oficio de escribir es pecador si un día no escribe una línea en su texto. Solo viven para trabajar y exigen lo mismo de sus compañeros. Y no hay nada peor que un jefe calvinista…

Un perfeccionista que busca el error en todo lo que hace y lo que hacen los demás, es un atormentado calvinista que huye del pecado y por eso se autoimpone culpas que deberán sanearse con trabajo y más trabajo.

El calvinista puede vivir perfectamente en el agotamiento y seguir adelante con su empresa de autoexigencia y tenacidad hasta agotar a los demás y nunca estar satisfecho.

Es el típico ser que aspira en grande, es exitoso y no descansa hasta lograr sus objetivos, unos tras otros. Es el entregado a su oficio, a su carrera, a su labor; el que no se permite el entretenimiento de una buena charla o un café, a menos que suponga un beneficio.

Y tú, ¿te consideras calvinista?