V.

Vivir del éxito pasado

El sueño dorado de cualquier ser humano es tener éxito, bien porque le lleve al reconocimiento colectivo, se sienta poderoso o sume grandes dosis de ego exultante. El placer del éxito es embriagador porque mantiene en exquisita satisfacción a su pródigo.

Las personas que viven del éxito pueden llegar a convertirse en consumidores de triunfos a cualquier precio, incluso a la compra ilegal de alabanzas a través de la mediocridad o falta de ética.

Lo más grave de esta adicción surge cuando pasa el tiempo, ya no hay fama y sigue el adicto en búsqueda de halago.

Entonces, nos encontramos con una situación vergonzosa, porque la tecnología ha dado pasos agigantados, los vendedores de exitosos buscan a gente más sofisticada, más actualizada, más negociable…

Los que se quedaron atrás observando su espejo, tuvieron la amargura de ver su cuerpo cambiar, su talento caducarse, negar la obsolescencia e intentar manipular la nueva instrumentación en boga; y mientras leen el manual de uso, los demás ya están inventado otro artilugio.

Vivir del éxito pasado es triste y desolador porque estanca, detiene, aflige, embrutece, solapa y perturba. El nombre pasa a ser solo una forma de validez civil, huérfana del divino atributo de autógrafo. Y eso es muy duro.

Narciso ha envejecido y está en la negación. Quiere maquillarse, hacerse cirugías plásticas y no se cultiva, no se acepta, no investiga, se queda enamorado de su joven imagen exitosa.

El exitoso pasado busca desesperadamente que le vean de nuevo y le cuesta aceptar que todo ha cambiado.

El trabajo que busca el éxito está condenado al vencimiento, a lo efímero y al inclemente polvo que reposa en los trofeos.

¿Se puede ser exitoso sin llegar a la fama?

¿Qué elegirías: talento o notoriedad?

¿.

¿Se puede vivir con la negación?

La respuesta es afirmativa. Es más, no solo se puede vivir con la negación, sino que es imprescindible en el ser humano. El pesimismo y el optimismo son dos caras de la misma moneda de la negación. Se puede negar la realidad estupenda con una buena dosis de negatividad, porque muchas personas saben desenvolverse en el tormento.

Es posible que “los pesimistas” hayan aprendido sus códigos de supervivencia a base de infortunios y hostilidad. Lo contrario a ello e igualmente dañino son los positivistas en extremo que niegan la aplastante evidencia con grandes dosis de optimismo y bienaventuranza imposibles de aceptar.

La negación es un estado de defensa que todo ser humano utiliza para la supervivencia. Lo altamente nocivo es su uso excesivo que distorsiona nuestros sentidos y capacidad para actuar.

La persona que diga que no vive en la negación tiene razón; de hecho, nadie vive exactamente allí de forma continua y perenne. Pero que se recurra a ella varias veces, lo hace la humanidad entera.

Tener fe, esperanza y optimismo son ideales naturales en el ser humano. Negar un hecho innegable es el nicho perfecto para la religión, los charlatanes, los curanderos, los burbupeutas y los demonios que hablan bonito.

En el momento que negamos sin límites, perdemos la consciencia de la otredad, del juicio, la lógica y la razón. Se corre el riesgo de perderlo todo, incluso la cordura.

Muchas burbupias consisten en entrenar a sus clientes a vivir más tiempo de lo normal en la negación. Las explicaciones poetétricas acerca del alma que escogió a los padres, hermanos, parejas y maestros conducen a un cliente desesperado a ver justicia y amor donde no lo hay.

Particularmente, cuando me sucede algo inesperado o escucho una noticia que no quería oír, mi primera reacción es “no puede ser”, “no es así”, “debe ser una equivocación”. Poco a poco lo acepto, lo vivo y me resigno a ello. Esto no quiere decir que esté exenta a perder la cordura, porque nunca sabremos si estamos preparados para asumir ciertos eventos dolorosos.

Negar no nos hace más débiles ni más fuertes, es una condición humana que nos ayuda a sobrevivir las circunstancias de la vida para no morir al instante.

Pensemos por un momento en todas las angustias que podemos crear en nuestros seres queridos si estamos constantemente en la negación. Porque la realidad es un tormento tanto para el que la mira de frente como el que da la espalda.

¿Crees que el ser humano puede vivir sin fantasía?

F.

Fundación de la psicología positiva

Ahora toca tirar de la frase “comprobado científicamente”, puesto que, el lenguaje abstracto del “más allá” para explicar la energía y el bienestar, no funciona. Que suene científico permite a los nuevos curanderos tener un aval que les apoye en su charlatanería. Así que, si la psicología dice que funciona, ¡es que funciona!

Permítanme hacer el pinchazo incómodo a esta pompita. Ni es ciencia ni está comprobado. Una vez más nos encontramos con lo pseudo.

Que la ciencia explique hechos paranormales es equivalente al cristianismo como religión oficial en la Roma imperial de Constantino. Los objetivos son claros: dominar sin guerra sangrienta, sino con la fantasía de la gente.

El Constantino que fundó este tipo de psicología se llama Martin Seligman, el mismo autor de Indefensión aprendida. Pero vayamos por partes y veamos cómo surge la ciencia del buen rollo.

Del mismo modo que los romanos politeístas vieron su imperio en peligro ante la cantidad de personas creyentes en un solo Dios, así la asociación de psicólogos de Estados Unidos vio su carrera en vilo frente a los creyentes de los motivadores o consejeros espirituales que ocupaban cargos de asesoramiento, tanto en las empresas como en las personas individuales. De hecho, muchos psicólogos debían formarse como coachs para seguir en el mercado.

Con ecuaciones de dudosa procedencia, Seligman sentenció a la humanidad a ser felices con métodos sumamente sencillos, inspirados, claro está, en Platón y Aristóteles. El primero requiere fe a un mundo ideal y el segundo a la felicidad elitista, es decir, para unos pocos que están preparados para alcanzarla.

Para todo ello, Seligman contó con cuantiosas donaciones por parte de la Fundación Templeton, la misma que invierte en ciencia y religión para establecer la psicología positiva como la ciencia de la felicidad. Y ya sabemos que cuando es científico, no hay lugar a dudas (cuando le conviene a nuestra fantasía).

Según Ehrenreich (2011), Templeton invierte tanto en el buen rollo como en campañas políticas a favor de la guerra y otros organismos que prohíben el matrimonio homosexual.

De igual forma, Seligman diseñó nuevas formas de tortura contra el terrorismo después del atentado de las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001, aunque él mismo lo haya negado.

Entonces, la psicología positiva como método científico queda descartada cuando sus bases teóricas surgen de elementos autobiográficos del autor, de observaciones que arrojan resultados filtrados para encajar en su pensamiento, donde no hay más que una actitud religiosa que obliga a la fe y proscribe la razón.

¿Es compatible la fe con la ciencia?

¿Qué dirías de la Fundación Templeton?

Fuente: Ehrenreich, B. (2011). Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo. Turner: Madrid.

¿.

¿Existe el «más allá»?

Los únicos testimonios que dan fe de su existencia son individuales, subjetivos y muy íntimos. No ha habido ciencia que ocupe su estudio para comprobarla, por eso surgió la ciencia ficción.

Decenas de personas han dedicado tratados, escritos, libros enteros para explicar la experiencia del “más allá” cuando vivieron una muerte clínica de pocos minutos. Están los demás que han dedicado su existencia en hacer conexiones con entidades de otros planos, otras dimensiones, incluso de otros mundos: con los extraterrestres.

Ni siquiera con mi experticia en pseudociencia puedo sentenciarme a no creer que hay algo más allá que se nos escapa de la lógica. Lo único que he hecho para reivindicarme en el uso indebido del mito es dejar de hacer negocio con la fe y renunciar a ser burbupeuta. ¿Se ve la diferencia?

Creo que dentro de la condición humana existe la necesidad de ir más allá de lo palpable y no aceptar solo lo comprobado, porque dejar a un lado otras posibilidades de existencia sería demoledor.

¿Cuál ha sido el aglutinante perfecto de la humanidad? La religión, sin duda alguna. De hecho, su significado etimológico es re ligare, donde RE es intensidad y LIGARE es amarrar. Es decir, amarrarse fuertemente a una creencia.

La religión ha impuesto metas, objetivos, creencias colectivas, ideología, construcción mental, modos de percibir, comportamientos, normas conductuales y un largo etcétera. Si vemos objetivamente la religión como mitos que ocupan la verdad en sus creyentes, cualquier tema parecido es lo mismo. Da igual si es dios, el universo o la mente.

Por lo tanto, el más allá solo puede contestarse con la fe y la convicción, fuera de la objetividad de un microscopio, de la sensibilidad lumínica de los ojos, del tacto, del oído y del resto de los sentidos.

Dicen algunos que los escépticos tienen la mente cerrada por no ver más allá de lo evidente y dicen los escépticos que algunos la tienen chapada de mitos y leyendas. Puede que ambos respondan a su verdad particular, porque si el hemisferio izquierdo es el que nos ha hecho tener la tecnología avanzada, esta no hubiera sido posible sin la creatividad del derecho.

Fumemos la pipa de la paz y no discutamos el “más allá” con un escéptico, ni que este último saque su arsenal de argumentos para destruir al creyente.

Sencillamente, ambos tienen razón en sus campos. El día que el creyente dude y el escéptico crea, se encontrarán en el bar del ostracismo. Tiempo al tiempo…

¿Necesitas la comprobación para creer?

E.

El loco por Dios

Nos encontramos con un título ambiguo que iré aclarando en el desarrollo de este artículo. Antes que todo, es necesario entender un concepto: eufemismo.

Es una expresión metafórica que ocupa una intención en lo que se quiere expresar, así como también la sustitución de una palabra soez por otra más aceptable. Dos ejemplos sencillos: “trasero” en vez de “culo”, “reducción de personal” por “despido improcedente”.

Aclarado este punto, el verdadero título eufemístico de un loco por Dios es la obra escrita por el esquizofrénico Paul Schreber: Memorias de un enfermo de nervios. Según este hombre, los nervios son el instrumento de conexión con Dios, porque este último es puro nervio que sabe conectar con el nuestro y así extraer toda la memoria impresa del ser humano.

Como es nervio y no cuerpo, hace posible su omnisciencia a través de la conexión nerviosa con las personas y el envío de rayos divinos. Una vez aceptadas esas memorias como dignas del reino celestial, pasan a conformar las “antecámaras del cielo”, una especie de archivos de información nerviosa.

El libro de Schreber no tiene desperdicio; es muy denso y habría que elaborar un inventario de términos que él mismo considera información de voces que solo él escucha.

La inteligencia, exquisitez y creatividad con la que este hombre narra su experiencia de brotes psicóticos dentro de un manicomio, solo puede marcar precedente de los que siguieron las rutas de lenguaje abstracto para explicar las frecuencias, vibraciones, conexiones, ley de atracción y el poder del pensamiento.

De hecho, Schreber habla de la ley de atracción de una manera tan profunda que no dudo que haya sido el primero en escribir concienzudamente sobre el tema que en su futuro pasaría a ser un éxito editorial, tanto para los burbupeutas como para los positivistas.

Para rendirle todo un análisis al libro, haría falta escribir otro. Hacer el inventario de términos, el análisis contextual de su época, es decir, qué decía la ciencia, cuál era la religión dominante y su biografía completa.

En la fuente citada, dos líneas escuetas dan una idea grandiosa de su niñez: “Tras una infancia tortuosa, sujeto a los métodos e ideas educativas extremas de su padre”. Parece ser que su progenitor fue autor de los libros pedagógicos de Alemania, bien estudiados y puestos en práctica por los maestros que forjaron a los niños, entre ellos a Hitler.

Ahora bien, un loco por Dios, un enfermo de nervios, o lo que es lo mismo: un canalizador, un elegido que no soportó tanta divinidad.

¿Una creencia fija puede ayudarnos a progresar?

¿Has conocido a un enfermo de nervios?

Fuente: Schreber, P. (2008). Memorias de un enfermo de nervios. Sexto Piso: Madrid.

C.

Cómo saber si eres calvinista

Podemos ser calvinistas sin darnos cuenta, puesto que la instrumentación social nos amolda para ello. Me refiero explícitamente a la educación, patrones de crianza, religión y fe. No obstante, independientemente de nuestras creencias místicas, podemos tener una actitud religiosa en nuestro modo de hacer.

            Las palabras claves que caracterizan a un calvinista son la autoexigencia, el perfeccionismo y el autocontrol; todo ello comporta maneras en nuestro comportamiento, tanto individual como colectivo. Veamos algunas:

  1. No puedo disfrutar del descanso porque mi mente no para de pensar en todo lo que hay que hacer.
  2. Una vez realizado mis objetivos, no me permito la satisfacción porque siempre pude hacerlo mejor.
  3. Me lleno la agenda de actividades para no pensar, para no sentir.
  4. Postergo el entretenimiento porque me parece una pérdida de tiempo.
  5. Debo ser exitoso en todos mis emprendimientos.
  6. No soporto que los demás no hagan las cosas como las hago yo.
  7. Hasta los pequeños detalles deben cuidarse, no soporto que pasen inadvertidos.
  8. Me obsesiona la perfección y exijo a los demás lo mismo.
  9. Me implico de lleno en una tarea.
  10. La única manera de aliviar mi ansiedad es trabajando más.
  11. Si postergo, me siento culpable.
  12. No existen las excusas para mí.
  13. Suelo decir: “si yo puedo, tú puedes”, e ignoramos el contexto del Otro.
  14. Nuestros intereses están por encima de las circunstancias, el típico “truene, llueve o relampaguee, yo lo haré”.
  15. No pensar demasiado y hacer más.
  16. Mi vida está llena de objetivos y metas.
  17. Mi trabajo se tiene que notar.
  18. El agotamiento es sinónimo de bienestar.
  19. El reconocimiento me anima a hacer más de lo que hago.
  20. La disciplina es mi consigna; por eso nunca me relajo.
  21. Siempre tengo la sensación de que estoy perdiendo el tiempo o debería estar en otro lugar.

El calvinismo llevado al extremo nos arriesga a padecer trastornos obsesivos que, lejos de satisfacernos, nos conducen a la infelicidad. Sin embargo, una dosis de disciplina y tenacidad nos puede llevar a planos de realización personal para llevar a cabo las metas que nos proponemos.

¿Te sientes identificado con estas características?

¿Qué haces para cumplir tus objetivos?

¿Te sientes culpable si te tomas un día de descanso?

L.

Lou Salomé sin Andreas y sin Nietsche

Primero, fue una mujer aristócrata de origen ruso nacida en 1861. Segundo, fiel lectora de Nietzsche, quien supo comprenderle desde el principio. Tan es así, que el filósofo se enamoró de ella, pero fue rechazado dos veces de su propuesta de matrimonio.

Tercero, estamos en el siglo XX y Lou se encontró en el trillado dilema de ser mujer con pensamiento independiente. Fue una prolífera escritora y discípula de Freud. Vivió de forma libre su sexualidad con los hombres que quiso y, por supuesto, fue criticada por amar libremente sin sentirse culpable por ello. Defendía la poligamia en el ser humano, no exclusivamente en la mujer o en el hombre.

Abogó por la libertad de la mujer en todas las circunstancias, al no sometimiento en el matrimonio, la sumisión y la maternidad como requisito social.

La llamaban “la coleccionista de genios” porque se codeaba con grandes pensadores, escritores y científicos de la época, y dicen algunos biógrafos que unos cuantos se suicidaron por no poseer a esta mujer.

Al nombre de Lou le anteceden algunos adjetivos: la esbelta, la bella rusa, la de ojos azules, la mujer radiante, la altiva, la alta, la de rubio platino, la estilizada Lou Andreas-Salomé. La misma que se mantuvo virgen en su matrimonio con Carl Friedrich Andreas.

Si de adjetivos vamos, yo no he leído nada de otros escritores masculinos, por ejemplo: el desaliñado Julio Cortázar, el calvo Eduardo Galeano, el bizco Jean Paul Sartre o el apuesto Albert Camus.

No sé qué tiene que ver la belleza de esta mujer con su avanzado pensamiento, porque si bien aprendió de Freud, tampoco estuvo completamente de acuerdo en todas sus teorías.

Debo decir que me identifico con Lou en cuanto a su distancia con los movimientos femeninos que no la representaban: ella decía que el cambio debía provenir desde lo interno de cada una y no de movimientos reivindicativos de igualdad.

Con esto me refiero a que puedo ser feminista casi sin darme cuenta. No me hace falta que me represente ninguna doctrina. Prefiero el movimiento de mujeres reivindicativas; como las Kelly de España, un colectivo que lucha por las mejoras salariales en la hostelería.

Mientras estuve en la Burbuja, nunca simpaticé con los ideales de mujer loba ni mujer tierra que expresaban sus sentimientos frente a un público ajeno a mi pensamiento. En este mundillo espiritual, ser mujer es equivalente a ser una tontica que canta mantras y danza en círculos.

No obstante, en 1915, Lou fue una burbupeuta que atendió con el psicoanálisis a malheridos de la postguerra que la psiquiatría clínica no se daba abasto asistir. Por eso tuvo su consulta en Gotinga que le facilitó prestigio y aceptación en grupos sociales masculinos.

¿Es necesario valorar el físico de una persona antes que su obra?

¿Te reivindican los movimientos femeninos?

Fuente: Vallejo, O. (2003). “Lou Andreas Salomé, algo más que una coleccionista de genios”. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 86, 75-87.

T.

Testigo cómplice

Este término fue utilizado por la ex psicoanalista Alice Miller, autora de varios libros sobre el maltrato infantil, la educación de los padres y el origen de la violencia en la sociedad. Es probable que quien no sepa a qué lectura se enfrenta con sus tratados, se sienta sobrecogido por la crudeza y sinceridad con la que cuenta los hechos que motivan su estudio.

La figura del testigo cómplice consiste en aquella persona que dio al infante maltratado un poco de cariño, que le hizo sentir seguro y no le juzgó, que le protegió y le enseñó otra manera de palpar el mundo sin sentirse castigado. Este testigo cómplice podría ser una vecina, un amigo, una tía o una abuela.

Ahora bien, a la personita que en su proceso de crecimiento creemos insalvable por las circunstancias hostiles que le tocó vivir, siempre tiene la oportunidad de ver otra salida. Aunque parezca inútil, una sonrisa, un abrazo o un gesto de cariño puede salvarle de la espiral de violencia y es muy probable que cuando llegue a la edad adulta no sienta la necesidad del alivio temporal que produce la venganza.

Los adultos podemos dejar huellas imborrables en los niños y sería una oportunidad de oro mostrarle que el amor existe y se manifiesta con ternura y protección, porque el pequeño lo único que necesita es ello para sobrevivir. No obstante, si fuimos víctimas sin testigo cómplice, es probable que avalemos la educación tortuosa tanto en casa como en el colegio.

El mundo entero necesita de testigos cómplices para la protección en la infancia; asegura Miller que si Hitler y todos sus seguidores hubieran gozado de uno, muy probablemente no habría existido el Tercer Reich, porque la maldad no es genética.

Los niños al nacer necesitan el cuidado de los adultos, sentirse protegidos, acogidos, recibidos, amados. No obstante, si aún en las carencias de estos elementos básicos para una infancia feliz recibe una palmadita tierna, un voto de confianza y amor verdadero, será el recuerdo indeleble que sostendrá su dignidad, sus ganas de vivir en armonía, su convicción profunda en las opciones y, lo que es mejor, no repetirá el maltrato con sus hijos, aunque todo ello le suponga una larga convivencia con el dolor interior.

¿Reaccionarías frente al maltrato infantil?

Fuente: Miller, A. (2009). Salvar tu vida. La superación del maltrato en la infancia. Tusquets Editores: Barcelona.

T.

Tengo derecho a estar triste

A estas alturas, no debería ser una protesta, pero en vista de las exigencias sociales y de nuevo pensamiento que nos obligan a estar bien, como si la tristeza no fuera parte de nuestro bienestar, entonces sí, me manifiesto y exijo mi derecho a estar triste:

  • Porque es tan natural como la alegría.
  • Porque es reír al revés.
  • Porque tengo derecho a reaccionar con las palabras de clara intencionalidad hiriente.
  • Porque no debería camuflarse para participar en la vida cotidiana.
  • Porque ni es una vibración ni causa enfermedad alguna.
  • Porque es normal y necesaria en algún momento de nuestras vidas.
  • Porque no debe ser objeto cotizable en la bolsa de valores morales que apuestan por el bien de estar siempre positivo.
  • Porque se puede seguir viviendo.
  • Porque es compatible con la bondad, la humildad y el bienestar.
  • Porque cansa su prohibición en lo privado y su censura en lo público.
  • Porque en los días tristes reflexiono, pienso, descanso, duermo y como chocolates.

Y tú, ¿por qué tienes derecho a estar triste?

S.

Síndrome de la ilusión

Se trata de un trastorno cerebral que consiste en reconocer a nuestros allegados, pero creerlos impostores del ser reales. Quien lo padece puede ver a su pareja como una impostora. Este síndrome es conocido como Capgras.

Este tipo de trastorno puede reconocer el rostro, el cuerpo y todo el contexto de una persona, pero no la reconoce a nivel emocional. Es como si hubiera una separación de percepciones: por un lado, mira y ve, pero por otro, no asocia los sentimientos.

No puede equipararse a la esquizofrenia porque no hay delirio. Tampoco puede compararse con la prosopagnosia porque existe reconocimiento facial. No es un loco de atar pero podría vivir la angustia, como mínimo.

Como escritores, este tipo de trastornos puede inspirarnos personajes de rarezas ricas en descripciones y situaciones extremas para crear conflictos y diálogos. No se trata de banalizar la enfermedad, pero sí darle cabida a la misteriosa masa gris que nos mantiene vivos.

Para ilustradores sería un ejercicio de interpretación muy interesante, para científicos un motivo de investigación, para psiquiatras un reto, para familiares un enfermo difícil, para el enfermo… ¿qué?

¿Es posible que haya conocido este tipo de personas y no me haya dado cuenta?

Imaginemos tener a un allegado que reconozca nuestro cuerpo, pero no los sentimientos que nos unen. Que alguien piense que somos impostores, como si no fuéramos nosotros mismos los que le hablamos, como si usurpáramos el lugar de alguien que se nos parece mucho y piensa casi igual, como si nuestras palabras no fueran nuestras sino ensayadas, como si nuestros sentimientos fueran falsos porque los aprendimos de un maestro.

La impostura porque adoptamos una actitud ideal de lo que somos, porque miramos hacia otro lado cuando necesitamos ignorar, porque queremos parecer y no ser. Recurrimos a todos los artificios de apariencias, aprendemos dónde y cómo mirar para no delatarnos…

¿Se puede tener el síndrome con uno mismo?

Fuente: Pickren, W. (2015). El libro de la psicología. Editorial Librero: Madrid.