S.

Ser auxiliar

En muchos oficios se confunde al auxiliar como el mejor preparado para realizar tareas profesionales con la máxima eficacia de un licenciado, pero con sueldo esclavo. Recuerdo mi experiencia en la cocina: se suponía que yo debía tener todo a punto para el cocinero experto y profesional, pero no… además de ello y la limpieza del menaje, debía preparar el primer plato o al menos dejarlo tan en su punto que prácticamente salía del fuego a la mesa. Si quedaba mal era culpa mía y si quedaba bien, los elogios eran para el cocinero.

Afortunadamente, en algunos oficios, de tanto hacer el trabajo de auxiliar se acaba ascendiendo al puesto oficial por el que damos nuestro empeño. No obstante, no se da el caso en el ámbito médico dental (afortudamente también).

Durante mi ejercicio como asistente en periodoncia, me tocó especialmente una calvinista, una profesional con alto grado de exigencia que imponía a los demás. Su castigo a mi ignorancia obvia lo hacía notar con la utilización de jergas odontológicas que solo un graduado con máster podía dominar, pero para ella, yo tenía que saberlo todo si le quería asistir.

Llegué a estudiar todos los términos, anatomía, protocolos, instrumentación quirúrgica, pero nada, yo no llegaba a satisfacer sus necesidades recurrentes en cada caso. Lo más simple era complejizado con terminologías nuevas que yo no alcanzaba  aprender. Cada vez que me tocaba asistir, sentía tanta inseguridad que cometí los errores más estúpidos e injustificables.

Nunca me había sentido tan incapaz. Estuve a punto de encerrarme en la biblioteca cual estudiante de odontología, donde luego tuve una reflexión: yo soy asistente y no quiero estudiar esta carrera, así que comencé a observar mejor a esta calvinista.

Su complejo de superioridad era proporcional a la necesidad de reconfirmación de su grandeza, así que necesitaba humillar al que ocupaba el puesto más bajo de la jerarquía empresarial de la clínica. Lo noté cuando, efectivamente, me aprendí los términos médicos, pero luego me los decía en inglés. No estaba interesada en que yo aprendiera para asistirle óptimamente como ella creía que debía hacerlo, sino que quería, a toda costa, enseñar con castigo y subrayar mi ineptitud delante del paciente.

Hasta el día que la enfrenté y le dije todo lo que pensaba: su despotismo, su falta de educación y diplomacia. Le dije que no estaba interesada en asistirle. El día más feliz de mi vida fue cuando renunció, porque el calvinista nunca es feliz con tanto perfeccionismo y búsqueda del error.

¿Cuál ha sido tu experiencia como auxiliar?

¿Crees que un auxiliar es tan valioso como el licenciado?

S.

Síndrome de la ilusión

Se trata de un trastorno cerebral que consiste en reconocer a nuestros allegados, pero creerlos impostores del ser reales. Quien lo padece puede ver a su pareja como una impostora. Este síndrome es conocido como Capgras.

Este tipo de trastorno puede reconocer el rostro, el cuerpo y todo el contexto de una persona, pero no la reconoce a nivel emocional. Es como si hubiera una separación de percepciones: por un lado, mira y ve, pero por otro, no asocia los sentimientos.

No puede equipararse a la esquizofrenia porque no hay delirio. Tampoco puede compararse con la prosopagnosia porque existe reconocimiento facial. No es un loco de atar pero podría vivir la angustia, como mínimo.

Como escritores, este tipo de trastornos puede inspirarnos personajes de rarezas ricas en descripciones y situaciones extremas para crear conflictos y diálogos. No se trata de banalizar la enfermedad, pero sí darle cabida a la misteriosa masa gris que nos mantiene vivos.

Para ilustradores sería un ejercicio de interpretación muy interesante, para científicos un motivo de investigación, para psiquiatras un reto, para familiares un enfermo difícil, para el enfermo… ¿qué?

¿Es posible que haya conocido este tipo de personas y no me haya dado cuenta?

Imaginemos tener a un allegado que reconozca nuestro cuerpo, pero no los sentimientos que nos unen. Que alguien piense que somos impostores, como si no fuéramos nosotros mismos los que le hablamos, como si usurpáramos el lugar de alguien que se nos parece mucho y piensa casi igual, como si nuestras palabras no fueran nuestras sino ensayadas, como si nuestros sentimientos fueran falsos porque los aprendimos de un maestro.

La impostura porque adoptamos una actitud ideal de lo que somos, porque miramos hacia otro lado cuando necesitamos ignorar, porque queremos parecer y no ser. Recurrimos a todos los artificios de apariencias, aprendemos dónde y cómo mirar para no delatarnos…

¿Se puede tener el síndrome con uno mismo?

Fuente: Pickren, W. (2015). El libro de la psicología. Editorial Librero: Madrid.

P.

Prosopagnosia

Antes que todo, desmenucemos el significado de esta palabra por partes. La agnosia es, en medicina, la dificultad de percepción, mientras que en la religión es el entendimiento humano relativo y no absoluto sobre la existencia de Dios, de allí la palabra agnóstico. Prosopo viene del griego prósopon, que significa ‘cara’. Dicho todo esto, la prosopagnosia es la dificultad de reconocer los rostros.

Es un trastorno cerebral donde el sujeto goza de una perfecta visión y puede reconocer los ojos como ojos, la nariz, la barbilla y la boca como tales, pero no saber reconocer a la persona. Por si fuera poco, no puede reconocerse a sí mismo frente al espejo. Con lo cual, la persona puede ver, pero su ceguera reposa en la falta de reconocimiento.

No obstante, quien padece esta enfermedad puede ayudarse con el reconocimiento de la voz, olor corporal, perfume o gestos de su interlocutor. Todo señala que el reconocimiento de rostros es una función especial y específica de ciertas neuronas, que es un trastorno genético y lo padece el 2,5% de la población mundial.

Me pregunto… qué pasa con las personas inolvidables, no tanto por su aspecto sino por el conjunto que les acompaña; porque hay olores corporales únicos, tonos de voces inigualables, gestos muy personales. Dichosa la autenticidad personal que no podrá pasar desapercibida siquiera por las cegueras faciales…

Tengo más preguntas que hacerle a la prosopagnosia: ¿puede enamorarse?, ¿puede estar solo?, ¿tiene amigos?, ¿es feliz? ¿Se preguntará lo mismo de los que sí reconocemos los rostros?

¿Qué le preguntarías tú?

¿Conoces a alguien con prosopagnosia?

Fuente:Pickren, W. (2015). El libro de la psicología. Editorial Librero: Madrid.

L.

Los petroglifos

Son las piedras grabadas cuya data se remonta posiblemente a la Era paleolítica; la más antigua en la historia de la humanidad y de la que aún conservamos sus huellas.

La impresionante expresividad de los trazos de estas figuras solo ha conducido, tanto a antropólogos como arqueólogos, a un sinfín de especulaciones que van desde el homenaje a los dioses hasta códigos de comunicación con visitantes de otras tierras.

La pregunta que siempre queda sin contestar es cómo, cuándo y para quiénes construyeron estas figuras en relieve, con formas geométricas, frontalidad y planismo. Si fueron los homo habilis o los primeros sapiens, si eran estrategias de territorialidad o un mensaje específico, y por qué están en lo alto de las montañas o en el fondo de los ríos, cuya visibilidad depende de la sequía.

Si observamos con detenimiento los petroglifos, sugieren un placer estético y los primeros trazos expresionistas del ser humano. Con nuestras referencias actuales es muy fácil caer en deducciones de gran imaginación y resolución fantástica, es difícil la tarea de intentar pensar como aquellos que decidieron dejar sus huellas hace miles de años atrás.

Y es una lástima que ningún gobierno haya dirigido parte de su legislación a la investigación de tan potentes obras arqueológicas.

Además de todo el interés mostrado en pirámides y templos famosos, existen otras rutas de estudio no menos interesantes que sufren el abandono y el desdén. En toda Suramérica hay petroglifos. Lo más impresionante es la semejanza que hay entre los que están en Puerto Rico con los de Chile, que a su vez conectan con los de Colombia y vuelven a aparecer en Venezuela. ¿Cómo se explica que de una punta a otra aparezcan estos monumentos grabados tan similares?

Los petroglifos encierran una gran incógnita para la humanidad, que no tienen más que el homenaje y facsímil para mantenerlos vivos y presentes en el tiempo; aunque sean probablemente los primeros balbuceos del lenguaje, los testimonios de una Era remota que comenzó a pensar y rendir culto a sus muertos o los contenidos de altísimo potencial significante para viajeros que ejercían su derecho a migrar sin prejuicios raciales.

¿Crees que los petroglifos eran mensajes?

¿Se debería investigar su simbología?

¿Te inspiran una historia? Cuéntanos…

E.

Espacio vital

Es entendido como el perímetro personal de un metro a la redonda del espacio que ocupamos. Ese pequeño vacío que necesitamos para desenvolver nuestros gestos, articular cómodamente nuestros movimientos, respirar y estar libres respecto al Otro.

Paralelamente, el espacio vital fue un término nazi conocido como “lebensraum”, utilizado por el geógrafo alemán Friedrich Ratzel, que a su vez estuvo influido por el biologismo y naturalismo. Según este hombre, la existencia de un Estado quedaba garantizada cuando dispusiera del espacio suficiente para atender sus necesidades. Cuando Hitler se enteró del lebensraum, no tardó en querer expandir el Tercer Reich para su Estado en crecimiento.

Kurt Lewin fue un psicólogo que también utilizó la expresión para sus estudios pioneros en la psicología social. Él decía que para evaluar había que estudiar el espacio vital de una persona, y tomó prestado de la física para crear su teoría de campo o teoría de motivación, enriqueciendo así la Gestalt. No es casual que Lewin fuera judío en esta historia.

Aclarados los puntos, tomo mi derecho a la libertad de expresión para manifestar ciertos desagravios que atentan con el espacio vital de cualquier persona en lo que a mí respecta.

La invasión también suele incurrir en ruidos: cuando una persona sube los decibelios de su voz; cuando el vecino tiene un perro desatendido todo el día y no para de ladrar; cuando el recogedor de basura hace su trabajo con saña y no le importa crear todas las vibraciones ondulatorias que despierten el oído a las tres de la madrugada; quien irrumpe la quietud con una tos incesante a pesar de los caramelos.

Y si de invasión física hablamos, están las incívicas en el transporte público cuando el que se sienta a nuestro lado abre las piernas dejando a nuestra merced toda la incomodidad; el que sobrepasa los 40 cm de radio y nos habla como si estuviera a punto de besarnos; el que abraza o se recuesta sobre nosotros como si tuviéramos la obligación de auxiliar sus gesticulaciones invasivas; el que te toca porque es tocón (debería haber una norma de no tocar al otro como punto diplomático).

El espacio vital o peripersonal de los niños es tan valioso como el del adulto, puesto que si para este último le resulta difícil poner límites por las circunstancias sociales, imaginemos a los más chicos que quieren decir “no quiero” y no se les toma en cuenta su voz por tener la condición biológica de ser los más pequeños… Besar, abrazar, invadir el espacio peripersonal de un infante que rechaza tal actitud, podría ser vista con naturalidad y respeto, puesto que desde pequeños conoceríamos nuestros límites y sabríamos quién nos quiere tocar por afecto y no con segundas intenciones.

¿Se  puede evitar la normalización de la violencia?

¿Crees que lo que siente o piensa un niño debería tomarse en cuenta?

¿Has tenido que aceptar un afecto sin quererlo?