E.

El contra

Todos los jóvenes que recién habíamos comenzado la carrera de artes soñábamos con ver cara a cara las pinturas tan bien descritas por los profesores. Soñábamos despiertos con visitar las ruinas romanas, los templos griegos, las pirámides egipcias, los cuadros de Miró, “La Guernica” de Picasso. Tantísimos estudios para aprendernos los capiteles dóricos, jónicos y corintios, el hiperrealismo pictórico, el expresionismo alemán, los contextos sociales para entender el arte en la historia…

Era difícil sostener la sobreestimulación de imágenes que rotaban al son de un carrusel infestado de diapositivas. El típico sonido del proyector se escuchaba desde un metro y medio de distancia cuando llegábamos tarde a la clase. Salíamos absortos de emoción. Comentábamos las técnicas, la luz, el cómo hicieron los artistas de aquella época, cuánto tardaron en realizar tan magníficas obras, cómo diablos se conseguía el color, el trazo, el conjunto…

Quise probar y me compré una libreta artesanal completamente hecha a mano. Mis intentos de dibujo y pintura se vieron tan mermados por las prisas que demandaban los ensayos, trabajos, exámenes y exposiciones en clase que enseguida abandoné el proyecto. No obstante, me fijé en la dirección de fábrica de la libreta y satisfice la curiosidad con una visita.

Llegué a un barrio caraqueño de altísima precariedad e inseguridad social, como la Francia de los miserables. Por un momento pensé en abandonar y devolverme, pero a medida que me adentraba al lugar, me sentía con ganas de ver dónde se hacían las libretas tan bien confeccionadas.

Al llegar a una casita de madera y techo de zinc, me recibió un hombre con cuerpo de niño. Tenía una atrofia muscular que lo hacía jorobado; apenas podía caminar, sus manos eran pequeñas y su cabeza estaba condenada a mirar hacia el suelo. Se subía en banquillos dispuestos por la casa para saludarme, darme la mano y tener, a duras penas, contacto visual conmigo.

Era una tarde cualquiera. El habilidoso hombre me explicó que trabajaba en el taller desde que era muy joven y que su proyecto le había permitido dar trabajo a otros chicos que querían rehabilitarse de las drogas o reinsertarse en la sociedad después de pasar por centros de menores. Me dijo que había estado en Italia porque el cura del barrio había hecho contactos en Roma.

Me describió la Capilla Sixtina, “La piedad” de Miguel Ángel, las ruinas romanas, las caminatas por los campos, los vinos, las comidas, las exquisitas pastas, los jardines de un claustro… que había ido a Francia y conoció el Museo de Louvre. Me dijo que la Gioconda era un cuadro más pequeño de lo que yo imaginaba, que se había agobiado de tantísima gente. Todo me lo explicaba a medida que engomaba una agenda y me mostraba su fabricación. Le pregunté el porqué no se había quedado en Italia con todos los ofrecimientos de hospitalidad y trabajo que tenía garantizados. “Porque no me gustó el invierno”, contestó.

Nunca había estado rodeada de tanto papel artesanal en mi vida, papel que mi anfitrión fabricaba desde hacía muchos años. Las mesas eran enormes como las que usan los dibujantes de arquitectura. Las estanterías eran altísimas y los colores eran de tintes naturales que él sacaba en su pequeño laboratorio.

De pronto alguien gritó: “¡Contra!”, y el hombre maniobró por todas sus improvisadas adaptaciones hasta llegar a la ventana y responder al llamado. Aproveché para despedirme, no sin antes preguntarle por qué le decían así. “Por mi enfermedad”, respondió, “porque nací contraído”.

¿Cuáles son tus limitaciones para autorrealizarte?

¿Crees que la intención es poder?

L.

La familia es un mito

Todo aquello que responda a una idealización es un mito. La familia como elemento ideológico no está lejos de la fantasía. Puede que las personas que hayan gozado de amor, cuidado y apoyo desde siempre difieran de este tratado y es razonable en lo particular, pero muy absurdo en lo general.

Resulta que cada familia es un grupo de personas emparentadas entre sí por sangre o lazos legales. Hasta aquí es irrefutable. Ahora bien, de aquí a que la familia se le considere un grupo de personas con características y proyectos comunes, es un deber ser que todo ser humano insiste en creer como verdad cuando no le ha tocado vivirla. No obstante, sí podemos construirla cuando decidimos con quién convivir.

La fe ciega que tuvimos cuando éramos niños se debe a que cuando nacemos todavía estamos en proceso de desarrollo y necesitamos de nuestros padres o personas aptas para nuestro cuidado. Resulta que los nueve meses de gestación no fueron suficientes para nacer completamente autónomos.

De lo contrario, saldríamos del útero directamente al colegio, pero cuando el homo decidió ser erectus, la pelvis de la hembra cambió y, por evolución, nacimos más subdesarrollados. No es que Dios dijo “parirás con dolor” y condenó a las mujeres a sufrir, es que para ser bípedos teníamos que nacer antes.

En ese proceso de acogida al infante pueden suceder eventos terribles que marquen a la criaturita que no tiene la culpa de nada, puesto que su cerebro está susceptible al modelado. Sea como sea, al niño se le condena a honrar a sus padres, aunque no tenga ideas en común con ellos; porque mientras todo bebé espera ser amado, a pesar de la ausencia de amor, no hay nada que les una a sus progenitores salvo la consanguineidad.

Me parece de muy mala educación el que las personas pregunten por la familia, dando por sentado que todos hablamos con los padres, como si la comunicación fuera fácil cuando hay jerarquías; como si tuviéramos la obligación de saber todo acerca de nuestros hermanos, cuando cada quien responde a sus propios intereses.

Dar por hecho que el hijo quiere a su madre y la madre quiere a su hijo, cuando no hubo siquiera una respuesta natural de oxitocina en la tierna infancia. Todo porque el ideal de este grupito estriba en el amor incondicional y en que, pase lo que pase, pertenecemos a ese pequeño núcleo de personas.

Y no, no siempre existe ese amor sin condiciones impuesto por la cultura.

La familia es un juego de poder, donde sale en desventaja el hijo que ocupa la sumisión y obediencia, dejándolo indefenso frente a un mito general que dice que la familia ha de permanecer unida y compartir las ideas, intereses o características comunes, como base de una sociedad próspera y cooperante, a pesar de que los más desfavorecidos hayan sido encarcelados por la humillación desde su infancia.

Como esto es difícil de asimilar porque no queremos renunciar al mito, se recurre a variopintas justificaciones que acaban por concluir que los padres hicieron lo que mejor pudieron. Y esto es solo una fantasía que acaba en el leiv motiv de los buscadores de la felicidad que reclaman bienestar en su espinosa supervivencia.

¿Se puede justificar el maltrato infantil?

¿El maltrato es una forma de amar?

Fuente: Noah, Y. (2014). Sapiens. De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad. Editorial Debate: Barcelona.

S.

Soy antipositivista

Si ser positivista es negar la realidad que me rodea para vivir la fantasía que solo ocurre en mi mente… Si es imaginar las reacciones que pudieran ocasionar mis actos solo porque así lo deduce mi ilusión… ¡Me niego a serlo! Prefiero ser antipositivista.

Muchas veces por supervivencia recurrimos a la creación imaginaria de un mundo feliz para lidiar con la dureza del día a día. Soñar en una posibilidad más cómoda nos permite el descanso y la compensación que nuestro cerebro necesita para no estar en constante guardia.

Algunas biografías demuestran una infancia hostil con una prolífera creatividad adulta.Tal es el caso de la artista plástica Elsa Morales, el filósofo Friedrich Nietzsche, el cuentista Horacio Quiroga, el pintor Armando Reverón, entre otros.

El positivismo, en su grosera insistencia de autocontrol, nos pone más en peligro que a salvo cuando tenemos que anularnos nosotros mismos para responder a un diseño inhumano. Si sabemos que en el “Callejón de la Puñalada” se alojan los maleantes del barrio para robar, ¿por qué creemos que nuestro pensamiento por sí solo va a salvarnos de una realidad social?

Pero no confundamos los términos. No es lo mismo ser antipositivo que ser negativo, porque negar el mito del pensamiento positivo no tiene porqué condenarnos al extremo contrario. Podemos vivir sin la negación y estar atentos a lo que nos sucede sin más adornos.

Pensar que todo es malo e inapropiado es seguir en el mito. No todo puede ser absolutamente catastrófico. Recurrimos a este tipo de pensamiento porque nos salva de la decepción. Gracias a nuestra mente prodigiosa nos salvamos del mal rato y nos acomodamos en el derrotismo. Sin soportar los matices…

Esto se debe, en gran parte, a la exigencia de los grupos sociales en sus distintas ramas (laboral, familiar, público o privado), que nos exigen la postura“correcta”, la mejor sonrisa, predisposición, proactividad y esmero, llevando nuestras reacciones naturales a un autocontrol que agota.

En mi caso habría muchos ejemplos que dar, pero comparto las ganas que siempre he tenido de pintar, juzgándome como mal dibujante; porque se dice que representar con el trazo una figura es hacerlo de la manera más fiel a la imagen, aunque el arte abstracto diga lo contrario.

¿Eres positivista, negativo o antipositivista?

¿Te ha funcionado el pensamiento positivo?

H.

Hicieron lo que mejor pudieron

Es la típica frase que nos dicen cuando intentamos hablar de nuestra malherida infancia; y, nos la dicen tanto que muchos acabamos repitiéndola para otros, hasta perpetuar la cadena de dolor sin la más mínima empatía al niño maltratado que fuimos.

La familia pasa a ser un mito porque su estructura y funcionalidad, su amor y protección son una realidad que solo pasa en nuestra mente para sobrevivir.

Pero llega el día que nos hacemos adultos y nos damos cuenta de que existen opciones, que siempre las hay y que, con planificación, organización y miras al Otro, no hace falta escarmientos inútiles ni palabras hirientes para tratarnos.También sucede lo más curioso de todo: que siempre vemos a los padres desvalidos porque vivieron una infancia peor que la nuestra o porque nos criaron en contextos difíciles que no les permitieron hacerlo de otra manera.

Para explicar esto, caemos en contradicciones disparatadas como, por ejemplo, ver a los padres más grandes que nosotros y al mismo tiempo ser nosotros quienes sepamos más que ellos a la hora de establecer una relación medianamente armoniosa.

¿Porqué debemos estar más predispuestos a las mejores opciones? ¿Por qué tenemos que ser más sabios, más diligentes, más inclinados a amar en la aberrante dinámica de una familia inoperante?

La institucionalidad de este pequeño núcleo hace que, como hijos, “molestemos” en lo más mínimo a sus líderes mientras menosprecian nuestra dignidad. El viejo recurso de ignorar los eventos más dolorosos porque “en aquella época” los maltratos fueron la educación que nos llevó a ser lo que somos y nos encontramos ahora en el punto de ayudarles a vivir su vejez porque se lo debemos, porque gracias a ellos tuvimos educación, techo y comida.

¿Acaso no tenemos derecho a sentirnos irrespetados? Nuestro pensamiento reflexivo quedó relegado a la supervivencia y puede que el mito sea una tabla de salvación difícil de soltar, incluso cuando ya no la necesitamos.

Ahora bien, ellos hicieron lo que mejor pudieron cuando: nos pegaron con cinturones hasta hacernos sangrar, vivimos simulacros de suicidio del padre que nunca se tiró por la ventana, nos rociaron de gasolina porque a nuestros siete años manchamos de plastilina la alfombra, nos hablaron con rabia casi siempre, escuchamos gritos todas las noches, nos vieron temblar como gelatinas y siguieron adelante con su actitud, pasamos toda la infancia escondidos en los armarios, durmiendo en escaleras, en casa de los vecinos… cuando nos echaron de casa sin cumplir la mayoría de edad, nos rompieron los dientes con un buen golpe, nos mantuvieron hacinados en la habitación sin permiso a salir, nos aterrorizaron con su presencia en el colegio, partieron sillas en nuestras espaldas y nos exigieron el mejor comportamiento frente a los demás…

Si esto fue lo que mejor pudieron hacer por nosotros,

¿Qué es lo peor?